¿Alguien ha podido olvidar quién fue Pablo Escobar?

Agosto 5, 2016 |

Juan Pablo Escobar recibió la noticia de la muerte de su padre pocos minutos después de colgar con él. “Ahorita lo llamo”, dijo el narcotraficante a su hijo, interrumpiendo abruptamente la conversación que tenían. Cuando el teléfono sonó de nuevo, pensó que era él. Pero la voz al otro lado se identificó como Gloria Congote, periodista del noticiero QAP, quien le dijo que la Policía acababa de confirmar que su papá había sido “dado de baja” y quería una declaración suya

Su cuerpo había quedado en el tejado de una vivienda del barrio Los Olivos, en Medellín, luego de una larga cacería conducida por Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), grupo conformado por ex amigos y socios del narcotraficante, integrantes del Cártel de Cali y elementos de la Policía Nacional de Colombia del llamado Bloque de Búsqueda, que oficialmente se atribuyó la operación.

La ira lo hizo pronunciar apenas algunas palabras, pero, antes que ninguna otra cosa prometió vengarse: “Yo solo voy a matar a esos hijueputas. Yo solo los mato a esos malparidos”. Aunque Juan Pablo tenía apenas 16 años, sus palabras, escuchadas en toda Colombia, lo convirtieron en un nuevo objetivo de Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, jefes del Cártel de Cali, enemigos de su padre, quienes lo sentenciaron a muerte.

Pablo Escobar, mi padre es el relato que veintiún años después de aquello ha decidido escribir Sebastián Marroquín —nombre tras el cual se ocultó durante décadas Juan Pablo Escobar, el hijo del criminal más importante de la historia de Colombia—como una forma de explicarse y acaso conciliar las aparente contradicción de seguir sintiendo un amor “no negociable” por un ser hombre que causó a su país “unas heridas que no pierden vigencia”.

Dicen los editores de este libro que solo el paso del tiempo da espacio a la verdad, y son precisamente los años los que han permitido al autor emprender una investigación personal que le ha dado la oportunidad de conocer a su padre desde los testimonios de otros que lo rodearon, pero también para hablar de la guerra cruel que Pablo Escobar Gaviria lanzó contra funcionarios y organismos de seguridad del Estado hasta arrinconarlos y obligarlos a eliminar de las leyes del país la extradición de colombianos a Estados Unidos, cumpliendo su promesa:  “Voy a arrodillar a este país a punta de bombas”.

El hijo del jefe del Cártel de Medellín recorre en su narración decenas de lugares; casas, departamentos, propiedades de miles de hectáreas como la hacienda Nápoles y refugios en los que se escondía y desde donde ordenaba acciones contra sus enemigos. No olvida tampoco los excesos, los gastos suntuosos y el derroche, la aparición de Escobar en las páginas de Forbes, que valuaba su fortuna en 3 mil millones de dólares.

La interminable lista de crímenes le permiten detenerse poco para hablar del asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán, a quien se refiere como uno de esos hombres íntegros, “que no se congraciaban con la corrupción ni con el crimen organizado”, o del vuelo 203 de Avianca que Escobar hizo volar en 1989 con 110 pasajeros a bordo, sobre la población de Soacha, pues pensaba que en él viajaría el entonces candidato presidencial César Gaviria.

Sebastián Marroquín solo atina a esbozar, nombre a nombre, acción tras acción, la brutal capacidad de desestabilización de su padre ante un Estado que lucía incapaz de neutralizar al ejército de sicarios desplegado por todos lados. Sin embargo, reconoce que el gran error de su padre fue incursionar en la política y competir por un lugar la Cámara de Representantes, desde el cual eligió como adversario a Rodrigo Lara Bonilla, quien en 1983 fue designado ministro de Justicia de Colombia.

Escobar denunció por calumnias a Lara, quien lo señaló de haber hecho su fortuna del narcotráfico, y lo emplazó a presentar las pruebas en su contra. Pero fue el diario El Espectador el que le propinó un golpe demoledor. Pese a haber hecho desaparecer los expedientes judiciales de su primera detención en marzo de 1976, con diecinueve libras de pasta de coca y asesinar a los investigadores del caso, el criminal colombiano había olvidado borrar el rastro de los archivos de los diarios.

El 25 de agosto de 1983 la noticia que recordaba su aprehensión e ingreso al penal Bellavista, donde le tomaron una foto en la que se ve sonriente con el número 128482, volvió a publicarse. De nada le valió enviar a todos sus hombres a comprar los ejemplares antes de que llegaran a los expendios en Medellín; el daño estaba hecho. Desde ese momento se comenzó a maquinar la idea de asesinar a Guillermo Cano,director de El Espectador, porque la suerte de Lara Bonilla estaba echada.

El relato del supuesto sometimiento a la justicia de Pablo Escobar, en junio de 1991, cuando fue recluido a la cárcel de La Catedral, es delirante. La fachada montada por el mismo delincuente es descrita por su propio hijo como “una gran obra de teatro, donde los guardias y los presos representaban un papel”, pues detrás de los uniformes de guardias penitenciarios estaban los hombres de confianza de Escobar, mientras que la prisión alojaba autos de lujo, cantina, mesas de billar, refrigeradores llenos e incluso una cancha de futbol, cuya iluminación era tan potente que se veía a lo lejos desde buena parte de la ciudad.

Ahí se organizaban partidos a los que llegaban el arquero René Higuita, los jugadores Luis Alfonso Fajardo, Leonel Álvarez, Víctor Hugo Aristizábal, Faustino Aspilla y el director técnico Francisco Maturana.  Los encuentros podían durar hasta tres horas y solo terminaban cuando hubiese ganado el equipo en el que jugaba el anfitrión.

Pero aquello terminó cuando Gerardo Kiko Moncada y Fernando Galeano, socios de Escobar, fueron asesinados dentro de La Catedral al descubrirse una traición. Las intenciones del gobierno colombiano de trasladarlo a una “verdadera prisión” en una base militar terminaron, como ya se conoce en una fuga; el sistema de iluminación del penal fue apagado y Pablo y sus hombres salieron a través de un muro construido con una mezcla débil de cemento.

Buena parte de estos episodios han sido narrados ya. Es por eso que los detalles más reveladores del libro están en lo ocurrido al interior del círculo familiar tras la muerte de Pablo Escobar, la manera en que sus hermanos y su madre dilapidaron millones de dólares, mientras la viuda y sus hijos recibían amenazas desde las cárceles de antiguos sicarios que habían dado todo por “el Patrón” y que habían quedado a la deriva tras su muerte,  así como de unas cuarenta personas encabezadas por los hermanos Rodríguez Orejuela, los capos del Cártel de Cali, quienes aseguraron que “la guerra” les había costado 120 millones de dólares que esperaban recuperar.

Al final de sus días, Pablo Escobar había abandonado el narcotráfico, pues dedicaba todos sus recursos a combatir a sus enemigos. La familia hizo un inventario de posesiones para que cada narcotraficante escogiera con qué bien quería quedarse. En la lista había obras de arte, aviones, helicópteros, vehículos nacionales, Mercedes Benz, BMW, Jaguar, motos nuevas y antiguas de las mejores marcas, lancha, torres de departamentos e incluso bienes confiscados que sabían que la Fiscalía les entregaría.

A la última reunión a la que acudieron y a la cual Juan Pablo acudió para hablar a los máximos jefes del Cártel de Cali, quienes terminaron retirando su sentencia de muerte, sorprendentemente también asistieron su abuela y sus tíos paternos, quienes —según descubriría después— habían pedido ser incluidos en la repartición de las propiedades que en vida Pablo Escobar había dejado a sus dos hijos, además de pretender una indemnización de 10 millones de dólares, cosa que ni el grupo de asesinos les concedió.

Juan Pablo, hoy convertido en Sebastián, dedica unas líneas para recordarles a los hermanos de su padre que Pablo Escobar Gaviria existió, y que fue además de su hermano, su único benefactor; “Ninguno en mi familia paterna jamás trabajó por su cuenta, todos sin excepción si aún hoy visten o se toman un café en la calle, es de cuenta de mi padre, no de ellos. Colombia no ha podido olvidar quién es Pablo Escobar. Pero su familia sí”. ~