Arresto y extradición de Carlos Lehder

Fecha de publicacion 1987/03/09 00:00
CERO Y VA UNO

Con el arresto y extradición de Carlos Lehder, cae el primero de los grandes
“Ahora sólo falta que le ganemos a Argentina”. Este era el comentario general en el país el miércoles 4 en la tarde, cuando estaba absolutamente confirmada la captura del escurridizo narcotraficante Carlos Lehder Rivas, y comenzaba a rumorarse su inmediata extradición a los Estados Unidos.
Esta frase era el reflejo del optimismo con el que había comenzado la semana para los colombianos, a raíz de la ovacionada aparición del embajador Enrique Parejo en el foro de las Naciones Unidas contra el narcotráfico, en Viena.

Y el día miércoles terminó con broche de oro. No solo el equipo de Colombia le gano al “coco” del fútbol latinoamericano 2-0, sino que esa misma noche llegó extraditado a los EE.UU. Carlos Lehder, quien durante cerca de una década había sido considerado uno de los “cocos” del narcotráfico mundial.
Pero este no era el único paralelo entre el Campeonato Suramericano de Fútbol y la lucha contra el narcotráfico. Durante los últimos 15 días, los colombianos habían lanzado las más duras críticas contra la capacidad técnica de su seleccionado juvenil, mientras la prensa había realizado un riguroso enjuiciamiento sobre la disposición real de la Policía antioqueña en su batalla contra los grandes “capos” de la droga.

Los pellizcos recibidos hicieron que ambos se pusieran las pilas, demostrando que querer es poder. Como lo afirmó el periódico El Tiempo en su edición del día siguiente, “después de la interdicción moral en que estuvo a causa de las irregularidades en varios de sus oficiales, la Policía de Antioquia realizó ayer el golpe más contundente de la historia de la lucha contra la mafia de la droga en Colombia, al lograr la detención del narcotraficante Carlos Lehder Rivas.

AMANECER EN GUARNE
Los hechos que desembocaron en la espectacular captura de Lehder habían comenzado 15 días antes, en los alrededores de la finca Berracal, vereda Los Toldos, en el municipio antioqueño de Guarne. “Un señor robusto y 17 muchachos muy jóvenes”, como fueron descritos Lehder y sus acompañantes por una familia de la vecindad, se instalaron en la hacienda, “y desde entonces se dedicaron a comer, jugar y hacer maldades. Fumaban marihuana y eran muy homosexuales. Muchas veces les amaneció cantando” recuerdan. Pero hasta ese momento sólo eran identificados por los vecinos como un grupo de “incómodos basuqueros, y en calidad de tales fueron denunciados ante la Policía local, a la que acudieron los vecinos con la esperanza de que se pusiera punto final al “bochinche” que armaban.

Esa fue una de las razones por las cuales el mayor William Lemus Lemus, comandante de la Policía de Rionegro, llegó en la mañana del miércoles 4 a las inmediaciones de la hacienda Berracal, acompañado de 35 de sus hombres. Pero hasta el momento en el que se iniciaba el allanamiento, el grupo de policías estaba convencido de que iba tras un puñado de basuqueros, y que en el mejor de los casos se lograría el desmantelamiento de un laboratorio de cocaína, tan lejos de los verdaderos peces gordos del narcotráfico como puede estarlo en una cadena, el eslabón medio del extremo.

Aunque las primeras versiones oficiales sobre la captura de Lehder indicaban que esta se produjo gracias a las informaciones suministradas por Luz Dary Valencia, una de las amantes de Lehder detenida por la Policía la semana anterior, los hechos parecían desmentir esta versión.

En primer lugar, de haberse sabido que Carlos Lehder era el verdadero inquilino de la hacienda Berracal, es obvio que el allanamiento de la misma se habría asemejado más a la toma por tierra y aire de alguna ciudad vietnamita que a una inspección de rutina. Los 35 hombres que acompañaban al mayor Lemus constituyen apenas el número normal para un operativo regular.

Por otro lado, la misma exclamación de Lemus cuando se dio cuenta de que habían capturado a un pez verdaderamente gordo, de “se nos apareció la Virgen” demostraba que esperaban cualquier cosa, menos que se les hiciera el milagro.

Pero la de la informante no era la única versión que había alcanzado a circular. Se habló insistentemente de una pelea entre mafias. Unos decían que porque Lehder se estaba inmiscuyendo en el negocio del crack en Miami, que no constituía su línea, lo que había enfurecido a bandos adversarios. Otros aseguraban que Lehder había asesinado al guardaespaldas favorito de Pablo Escobar, en un arranque de celos cuando este pretendió seducir a una de sus “favoritas”. Se llegó incluso a pensar que ante la ofensiva sin precedentes de las autoridades norteamericanas, y los favorables cambios de mando que se produjeron en el seno de la Policía antioqueña, el “cartel” de Medellín habría decidido sacrificar a Lehder, que además de haberles ocasionado varios dolores de cabeza por “bocón” y por osado, estaba ya en franca decadencia.

LA RECOMPENSA
SEMANA pudo establecer, sin embargo, que además del “bochinche” denunciado por los vecinos, la otra causa por la cual el mayor Lemus se presentó aquel miércoles a la madrugada en la hacienda Berracal, fue concretamente la de que hubo un delator.

Ocho días antes de la captura de Lehder se presentó a las oficinas de un alto oficial de la Policía antioqueña, un sujeto que aseguraba poseer una valiosa información. “¿Cuánto me dan si les digo dónde está uno de los grandes ‘capos’ que ustedes buscan?” preguntó desabrochadamente. Y aquí sucedió una de esas cosas típicas del sistema jurídico colombiano. Uno de los decretos relámpago de los que fueron aprobados por el gobierno al día siguiente del asesinato de Guillermo Cano era, precisamente, el que autorizaba a pagar recompensas por las informaciones que condujeran a la captura de los peces gordos. Sin embargo, ese decreto no ha sido todavía reglamentado, y por consiguiente, la medida aún no está en vigencia. Y así tuvo que explicárselo el oficial antioqueño al sujeto que tenía delante. “Entonces no les digo, respondió este último. Piénselo, y yo vuelvo a visitarlo”.

El oficial antioqueño, de todas maneras, informó a sus superiores, y de ahí la bola llegó hasta la Embajada de los EE.UU. Al parecer, los gringos cogieron la caña. Y se le garantizó al sujeto una suma “no despreciable” de dinero (cercana a los diez millones de pesos) pagadera en caso de que el pez prometido resultara, efectivamente, ser de los gordos.

Aunque el hecho de que el sujeto finalmente revelara el lugar, pero no el nombre del “capo”, no proporcionaba mucha credibilidad, la Policía de Medellín se comunicó con la de Rionegro, y le dio el dato de la hacienda Berracal. “Ah, sí, ya tenemos información sobre esa pandilla de basuqueros”, respondieron en Rionegro. “Y estamos preparandó un operativo para caerles”.

Y como “sin querer queriendo”, un piquete de policías, que se transportaba en dos furgonetas particulares, desembarcó a las 6:15 a.m. en los predios de la finca.

Como casi todos los días, Lehder y sus muchachos estaban amanecidos y enguayabados. Por eso el factor sorpresa fue definitivo. El primero que sintió la presencia de la Policía fue Olmedis Giraldo, quien hacía las veces de guardia de turno, pero también dormía la “perra”. Cuando se despertó, comenzó a disparar a ciegas su ametralladora y emprendió la fuga. La Policía lo alcanzó de un disparo en el glúteo, al tiempo que los demás muchachos iniciaban también una veloz carrera en paños menores.

Al parecer, Lehder dio la orden de que se escaparan como pudieran, con la esperanza de distraer la atención de la Policía, de manera que él pudiera huir en medio de la confusión, como tantas veces anteriores. El mayor Lemus, experto en “grupos de choque”, dejó que el grueso de sus hombres, siguiera a los fugitivos, mientras él comenzó a disparar contra la casa, “por si acaso”. Fue entonces cuando se le apareció la Virgen. Lehder, con aspecto de recién levantado, se asomó a la puerta con los brazos en alto gritando: “No disparen, soy Carlos Lehder”. Y de inmediato se suspendió el fuego. La Policía capturó 14 de los acompañantes de Lehder. Según datos obtenidos por SEMANA, los tres restantes estaban comprando el desayuno, y se escaparon de la redada.

SUENAN TIMBRES
A las ocho y cuarto de la mañana, estando todavía en su casa, el alcalde de Medellín, William Jaramillo, recibió la primera llamada del subcomandante de la Policía de Antioquia, coronel Manuel Cástaño Rozo, informándole sobre la captura de Lehder.

El alcalde pidió que, antes de hacer la noticia pública, esta fuera absolutamente confirmada a través de pruebas dactiloscóplcas. A las nueve, la radio informaba que había sido capturado un grupo de lugartenientes de Lehder, noticia que, como era de esperarse, causó un impacto limitado. A las nueve pasadas de la mañana, el alcalde de Medellín recibió una segunda llamada del ministro de Defensa y una tercera del procurador Carlos Mauro Hoyos. Ambos querían saber si era vérdad que Lehder había sido capturado. William Jaramillo respondió que hasta que no se supieran los resultados de las pruebas dactiloscópicas, él pensaba que era mejor no confirmar la noticia. A la diez y media, el alcalde de Medellín recibio una cuarta y última llamada del coronel Castaño. En ella se le informaba que, efectivamente, se trataba dé Carlos Lehder Rivas. A las once de la mañana, la noticia salía disparada por todas las emisoras de radio del país, y para las dos de la tarde de ese mismo día, la sensacional “chiva” había recorrido el mundo.

Tras la captura de Lehder, las diligencias que corrían por cuenta de las autoridades colombianas se cumplieron con una celeridad nunca vista. Antes del mediodía, el narcotraficante yá había sido trasladado a las instalaciones del Departamento de Policía de Antioquia, en un furgón en cuya cabina viajaban el conductor, Lehder y el mayor Lemus, y en la parte de atrás, un puñado de policías. En el Comando esperaba a Lehder el coronel Castaño, quien no podía ocultar su temor de que el milagro resultara “chimbo”. Por eso fue a inspeccionar con sus propios ojos que se tratara realmente de Lehder, y su examen lo dejó satisfecho. No había duda de que era Lehder, en carne y hueso.
A partir de entonces, llovieron las llamadas. La Cuarta Brigada del Ejército, la Policía Metropolitana, el DAS, todos a una le ofrecían a Castaño el envío de comandos especializados para evitar un posible rescate de Lehder. El, sin embargo, respondió que todo estaba bajo control, y que lo difícil ya había pasado. Pero se comprometió a pedir ayuda si la necesitaba.

OPERACION RELAMPAGO
El presidente Virgilio Barco fue enterado de la captura de Lehder a las 9:00 a.m. A esa hora lo llamó el ministro de Defensa, quien le dijo: “Presidente, hemos hecho una captura importante en Antioquia, y parece que tenemos a Carlos Lehder”. Pero quedó de confirmarle la información en poco tiempo.
A las 10:45, Barco se encontraba en una audiencia privada con un importante empresario, cuando una secretaria entró a su despacho y le entrego un papelito.

De inmediato, el Presidente se levantó y se puso en contacto telefónico con los ministros de Defensa y de Justicia. Con el primero confirmó definitivamente la captura de Lehder. Con el segundo discutió la viabilidad de su extradición inmediata a los EE.UU. Y antes del mediodía, se le informó que todo estaba en regla, y que ya venía un avión de la DEA en camino.El mecanismo de la extradición era relativamente sencillo. Había sido ensayado con éxito por vez primera en el caso de Hernán Botero, quien fue conducido a los EE.UU. con la misma celeridad y sigilo que ahora intentaba imprimírsele al caso Lehder.

A la 1:17 p.m., un helicóptero artillado transportó a Lehder de Medellín al aeropuerto de Rionegro. A las 2:20, el Hércules 1004 de la FAC despegó de Rionegro, y aterrizó en Bogotá a las 3:30. Y a las 5:07, un turbo-comander de la DEA de colores amarillo y blanco, con números de matrícula N97315 (paradójicamente muy parecido al que tenía Lehder), despegó de la pista de Catam rumbo a una base aérea en la Florida, con una única escala técnica en Guantánamo, Cuba.

La opinión pública tuvo ahí la segunda sorpresa del día. Nadie esperaba que la extradición de Lehder se produjera con tanta rapidez, hasta el punto de que ese miércoles se convirtió para uno de los más buscados narcotraficantes colombianos, en el día en el que amaneció en Guarne y se acostó en Tampa.
Además, las autoridades se habían encargado de despistar a todo el mundo, como una medida de precaución. Se echó a correr la “bola” de que, una vez en Bogotá, a Lehder lo conducirían al Cantón Norte. Pero otros decían que al DAS, mientras una tercera versión hablaba de la Cárcel Modelo. La “operación engaño” llegó a tal grado de sofisticación, que incluso un helicóptero despegó a las cuatro de la tarde del aeropuerto de Catam, para hacer creer que lo llevarían a la base de Palanquero, de donde despegaría el avión de la DEA.

EL ULTIMO SELLO
Pero el “despiste” general sólo era de puertas para afuera. Porque adentro todo marchaba como un reloj. La extradición había que hacerla rápido, pero no se podía cometer un solo error de procedimiento. La “etiqueta” jurídica de la diligencia exigía que dos coroneles del Ejército y dos funcionarios de la Cancillería, recibieran formalmente a Lehder en el aeropuerto de manos de las autoridades de Medellín. Luego, los representantes de la DEA, que reclamaban a Lehder, debían firmar un acta de entrega en la que constaran todos los datos de identificación del narcotraficante. En ella se incluía una cláusula que obliga a los EE.UU. a cumplir con los derechos humanos elementales, cuyo respeto será vigilado por el cónsul de Colombia en Miami. Además se estipulaba la prohibicion de aplicarle a Lehder la pena de muerte y se enumeraban los doce cargos por los que tendrá que ser juzgado en los EE.UU.
Además, como curándose en salud, el ministro de Justicia, Eduardo Suescún Monroy, entregó a los medios de comunicación, a las 4:35 de la tarde, un dossier con la sentencia de la Corte, fechada en noviembre 29 de 1983, que daba luz verde a la extradición de Lehder; y la resolución ejecutiva de mayo 8 de 1984, firmada por el presidente Betancur y Nazly Lozano como ministra de Justicia encargada, aprobando dicha extradición y ordenando su captura. Esta había sido la primera extradición de un nacional, aprobada por el gobierno de Colombia. Todo había quedado consumado.
Y AHORA, ¿QUE?
Aunque la extradición de Lehder parece cerrar un capítulo importante en la historia del narcotráfico colombiano, es apenas una página. El libro continúa abierto.
Y así como cuando un equipo de fútbol logra meterle un gol a su adversario, tiene la tendencia a replegarse, disminuyendo su capacidad ofensiva, existe el peligro de que el gol que le metieron las autoridades al narcotráfico con la captura de Lehder, conduzca a que se baje la guardia.
Sin embargo, a ningún colombiano puede escapársele el hecho de que así como haberle ganado a Argentina no garantiza la victoria de Colombia en el Suramericano Juvenil de Fútbol, la captura de Carlos Lehder solo significa que se le ganó una batalla al narcotráfico, pero que aún no se ha ganado la guerra.

Y DE LOS BIENES, ¿QUE?
¿Qué pasará con la inmensa fortuna que se le atribuye a Carlos Lehder, ahora que su propietario se encuentra fuera de circulación por un lapso aún por determinar?
Uno de los misterios no revelados es la dimensión de esa fortuna, por la diversidad de bienes que se le han atribuído y por lo azaroso de la vida de su propietario, a quien era difícil imaginar cuidando debidamente sus bienes mientras eludía a las autoridades de varios países. Por ello no es fácil determinar cuáles de las propiedades que se le hayan podido registrar en un momento dado puedan continuar haciendo parte de sus haberes, y cuáles hayan salido de su inventario y en qué circunstancias. Por ejemplo, es bien conocida la propiedad que Lehder tuvo sobre toda una isla del archipiélago de las Bahamas, Cayo Norman, e incluso se pudieron observar en la televisión los yates, aviones y casas que se encontraban en sus confines. ¿Qué pudo haber pasado con todo ello luego de que Lehder, en 1982, perdió el derecho a pensar siquiera en entrar en ese territorio?

Por lo pronto se sabe que al comparecer ante la Corte Federal de Jacksonville, declaró que no poseía bien alguno en los Estados Unidos. Diversas fuentes señalan que tendría propiedades en Brasil, Centro América y Miami, aparte, naturalmente, de las de Colombia, que se localizan más que todo en el departamento del Quindío.

La idea más generalizada es que la inmensa fortuna de Lehder, o al menos la que se puede situar en Colombia, podría ser decomisada por su evidente relación con los delitos de narcotráfico que se imputan a su propietario. Pero la realidad es bien distinta.

No se trata tan solo de la dificultad que existe para demostrar jurídicamente cada propiedad de Lehder, porque es probable que la mayoría aparezca, bien a nombre de testaferros, o en cabeza de sociedades que puedan alegar fácilmente una total desvinculación con las actividades principales del narcotraficante. Ni que buena parte de su fortuna esté representada en inversiones de difícil persecución. Aún en el caso de que se pudiera demostrar la propiedad personal y directa de Lehder sobre este o aquel bien, las posibilidades jurídicas de su expropiación son bien débiles.

Existen tímidos mecanismos legales que parecerían permitir que los bienes de los narcotraficantes pasaran a manos del Estado. El Código Penal establece que los efectos e instrumentos con que se haya cometido el delito, o que provengan de su ejecución, seran secuestrados, previo inventario, “para efecto de la investigación”.

El Estatuto de Estupefacientes, por su parte, establece que los bienes, equipos y demás objetos utilizados en la comisión de esos delitos, lo mismo que los dineros y efectos provenientes de tales actividades, podrán ser decomisados y puestos al servicio temporal de la entidad de beneficio común que determine el Consejo Nacional de Estupefacientes. Pero quien alegue tener mejor derecho sobre tales bienes, podrá pedir que se le den en depósito y aun obtener que se le entreguen definitivamente, si demuestra en el curso de los siguientes noventa días que no tuvo participación alguna en los delitos que motivaron el decomiso.

Ello ha llevado en la práctica a que los únicos bienes que hayan podido pasar al dominio del Estado, y eso temporalmente, sean los vehículos y aeronaves atrapados in fraganti en la comisión del delito. En cuanto a los inmuebles, los utilizados para fines relacionados con el narcotráfico, o son baldíos, o se encuentran en lugares tan remotos que su utilidad pública resulta irrisoria. Pero eso no es todo. El régimen de decomiso tiene un límite tan sutil con la confiscación, expresamente prohibida por el Artículo 34 de la Constitución Nacional que el gobierno siempre ha tenido una evidente actitud de prudencia para aplicarlo, por el riesgo de que sean declaradas inconstitucionales todas las normas pertinentes.

En efecto, desde tiempo atrás en la vida institucional de la República, las constituciones han sido cuidadosas en proscribir la figura de la confiscación, herencia española que daba pie para abusos como el de inhabilitar políticamente a una persona al despojarla totalmente de sus bienes.
SEMANA supo que el gobierno de los Estados Unidos ha insistido en forma reiterada para que en Colombia se adopte un régimen de confiscación parecido al que existe en ese país. Pero cualquier iniciativa en ese sentido, se estrella contra la vigencia de la Carta, y se requeriría nada menos que una reforma constitucional para que los deseos norteamericanos se hicieran realidad. Pero aquí, como en tantos otros campos, el remedio puede resultar peor que la enfermedad.

LA SONRISA DE WASHINGTON
Para el gobierno y la prensa norteamericanos, la captura de Carlos Lehder la semana pasada en una finca cerca a Medellín, trajo consigo varias sorpresas. La primera, la captura misma, pues ellos tienen una visión mucho más mitica de la figura de Lehder que la existente en Colombia, y por lo tanto, lo han considerado siempre como una especie de Superman de los malos, imposible de detener. La segunda, que esa captura se hubiera producido en territorio colombiano y por cuenta de autoridades colombianas, hacia las cuales ellos han mantenido una visión más bien despectiva.

Lo anterior explica un poco que, cuando se conoció la detención y, más tarde, la extradición de Lehder, la reacción de los medios audiovisuales norteamericanos hubiera sido tan rápida. La cadena de noticias por cable CNN, interrumpió sus transmisiones y lanzó un flash en las primeras horas de la tarde del miércoles, anunciando no sólo la captura del narcotraficante sino su inminente extradición hacia los Estados Unidos.

Las demás cadenas nacionales (ABC, CBS, NBC) abrieron sus noticieros de la noche con esa noticia, siendo Peter Jennings, el famoso anchorman de las 7 de la noche en ABC, quien mayor despliegue le dio a la información. Quedaron relegadas por primera vez en varias semanas, otras noticias como el Contra-Irangate, los rehenes en el Líbano y los problemas del presidente Ronald Reagan con el recién instalado Congreso de mayoría demócrata.

Los periódicos también destacaron la información. El Miami Herald abrió con ella la primera página, dedicándole todo el ancho de sus 6 columnas a un titular que decia “Capturado capo colombiano de la droga” y a una foto de Lehder de 1983. Curiosamente el mismo Herald había hablado la víspera en un informe de primera página que también apareció en Los Angeles Times, de los problemas que las autoridades colombianas estaban afrontando en su lucha contra el narcotráfico. El informe, firmado por William Montalbano, planteaba que al gobierno de Barco se le estaba saliendo de las manos la guerra contra el narcotráfico y anotaba, citando a la revista SEMANA, que ningún “capo” importante habia sido detenido.

Montalbano, sin embargo, concedía que se estaban haciendo importantes esfuerzos y terminaba citando al ministro de Gobierno, Fernando Cepeda, quien aseguraba que “nuestra posición es precaria” y preguntaba por qué, en esta guerra “tenemos que quedarnos solos”.

Entre los funcionarios del gobierno de Reagan y voceros del Congreso, también se daban reacciones interesantes. La propia oficina de prensa del vicepresidente George Bush, tan preocupada siempre de la imagen de este, se apresuró a informar que el vicepresidente había sido informado al atardecer del miércoles de la captura y extradición de Lehder, y que de inmediato, después de alegrarse y decir “¡que bueno!”, había ordenado el envio de una nota de felicitación al gobierno colombiano. Charles Redman, vocero del Departamento de Estado, por su parte, cambiaba el tono que tradicionalmente usaba esa dependencia para referirse a Colombia y declaraba que “la decisiva acción del presidente Barco frente a las amenazas de los traficantes es una clara demostración de que Colombia intenta estar a la cabeza de la lucha contra el narcotráfico”.

En el Congreso, el tono también era de felicitación. Joseph Biden, senador demócrata y presidente del Comité de Asuntos Judiciales, aseguró que el arresto de Lehder “es un acto verdaderamente valiente” y que el presidente Barco “detuvo al criminal número uno del hemisferio”.
Menos optimista parecía el director de la DEA, John Lawn. Según él, “tenemos ya al primero, pero nos faltan tres más: Pablo Escobar, Jorge Luis Ochoa y Luis Gonzalo Rodríguez Gacha”. Y es que la DEA, a diferencia del senador Biden, sabe muy bien cuál era el papel que Lehder había tenido en el narcotráfico y sus funcionarios están conscientes, como lo declaró el propio Lawn, de que la captura de Lehder no determinará la más mínima reducción en el tráfico de cocaína a los Estados Unidos, pues, como él mismo le dijo a la televisión norteamericana, “aquí tenemos también que luchar contra el consumo, o de lo contrario nada va a cambiar”.

Lo anterior no es más que el primer reconocimiento claro y contundente por parte de un funcionario norteamericano de que lo dicho por el presidente Barco hace 15 días en su discurso ante el cuerpo diplomático, es perfectamente cierto. Colombia, con gran esfuerzo, puede capturar y extraditar a uno o varios de los grandes “capos”. Pero 30 millones de consumidores determinan una demanda demasiado grande como para que el encarcelamiento de unos pocos, no importa qué tan sobresalientes sean en el tráfico, pueda significar una victoria definitiva.

REVISTA SEMANA

Fecha de publicacion 1987/03/09 00:00