El capo en la cámara

Por Fernando Mora Meléndez  Revista EL MAL PENSANTE

Un archivo de más de 1.500 fotos de Pablo Escobar permanece inédito en alguna gaveta de Colombia. Mientras las demás fotos esperan a ver la luz, esta ojeada a su álbum secreto revela facetas desconocidas del capo di tutti capi.


Pablo Escobar desciende de su avión privado en el aeropuerto Olaya Herrera, Medellín • © Alfonso Benavides

 

Un mes después de regresar de Italia, donde trataba de recuperar la herencia de su padre, Giovanna Pezzotti se encontró con la noticia bomba, esperada durante dos décadas: la muerte del capo de todos los capos, Pablo Emilio Escobar Gaviria. Ella, que había seguido los pasos de este hombre durante dos años, sin más armas que una cámara, guardaba en ese momento en su armario más de mil quinientos negativos sobre la vida y milagros de un bandido que a la postre se convertiría en el ícono de todos los males del mundo, que tenía el mismo nombre del Buscón de Quevedo pero que a diferencia de éste, cuyos crímenes eran de papel, había vuelto real un género de horror que en adelante se llamó la sicaresca.

El Pablo Escobar que conoció fue el de antes de su conversión en fugitivo de la justicia, artífice de crímenes incontables y burlador de la ley. En ese entonces, mientras el origen de su fortuna era un secreto a voces, su imagen en la plaza pública irrumpía como la de un benefactor que hacía eco de la consabida frase que ilusiona al electorado: “una forma distinta de hacer política”.

Desde la multitud que lo vitoreaba, Giovanna Pezzotti bregaba por capturar el halo que irradiaba este defensor de los desposeídos, este redentor de los descamisados de Moravia, que antes vivían en las laderas de la montaña de basura del municipio y ahora él les había construido un barrio digno, lejos del detritus y los gallinazos. ¿Quién era este hombre cuyas palabras eran obras y hasta las bestias le obedecían?

A menudo era difícil abrirse paso con su lente entre los corrillos de curiosos y menesterosos que querían saludarlo. Giovanna tuvo que capotear la multitud de admiradores y conformarse con planos distantes, antes de que el magnate le regalara una pose cercana.

Una vez lo vio saludar a un compañero de escuela que pugnaba por salir de un tumulto. Escobar, que nunca olvidaba un rostro, le gritó emocionado: “Quiubo, hombre, Marrana”. Este último era el mote de la escuela de aquel contertulio. “Pasate por mi oficina para ver en qué te puedo ayudar”, le dijo.

La fotógrafa se volvería a encontrar al parroquiano en la Sede Política de Civismo en Marcha. El hombre le confesó que en la escuela aquel apodo era motivo suficiente para dar una tremenda golpiza. Pablo se divertía ahora que podía decírselo cuantas veces le diera la gana. A cambio, “Marrana” recibía un cheque para hacerle el segundo piso a su casa.

La cara de Giovanna debió inquietarle al Capo. Había detenido su vista en ella un par de veces y, en la tercera ocasión, cuando la vio apuntarle con su Pentax, le preguntó para qué medio trabajaba. En ese momento era fotógrafa ocasional de revistas con nombres inocuos como Mujer de América y Zeta.

Ella se atrevió a enseñarle algunas fotos al hombre que ya fungía de suplente a la Cámara de Representantes; éste vio las imágenes en las que aparecía y le dio la venia para que registrara sus movimientos como el líder de Civismo en Marcha. Los viernes asistía a los ágapes políticos con fondos calientes de guarachas, rumbas y guaguancós. Escobar disfrutaba alborotando aquel banco de sardinas que se agitaban en torno a él para conocerlo de cerca y les hacía el honor de sacarlas a bailar con pasos tímidos, en abierto contraste con la sentencia de Norman Mailer según la cual “los hombres duros no bailan”.

Los domingos Pablo Emilio iba vestido de paisano, con camisa a rayas, a visitar los vecindarios para anunciarles las buenas nuevas de un evangelio político que se tasaba en ladrillos, bultos de cemento y una que otra injuria contra el gobierno de turno.

Izquierda: Con Santofimio y Jairo Ortega, entre otros, en campaña para el Senado. Derecha: En un acto de Civismo en Marcha, su movimiento político • © Giovanna Pezzotti

 

En el alborozo de uno de esos convites el capo estuvo viendo algunas fotos de Giovanna y le pareció que estaban buenas para incluirlas en la siguiente edición de Medellín Cívico, el periódico en el que escribía sus “Cartas a los medellinenses”. Escobar clamaba por la protección de las cuencas hidrográficas y contra la tala indiscriminada de árboles.

Mientras le devolvía las fotos con una recomendación para el editor, le cruzó una invitación para la Hacienda Nápoles.

La mujer no pudo negarse. Ape­nas llegó a la finca se dio cuenta de que la casa estaba animada por una corte de periodistas, lavaperros, humoristas y una presentadora de noticias. Cada uno hacía lo que quería, andaba a su aire, se hartaba de comer o de beber hasta que el sopor del Magdalena Medio y los chorros de aguardiente los hacían desplomarse en las colchonetas.

Parte del discreto encanto de Escobar le pareció a la Pezzotti que era su carácter escueto. Cuando ella le preguntó por qué le había puesto ese nombre a su reino, le dijo: “¿Nápoles?… ¡ Yo qué voy a saber! Esto ya se llamaba así cuando yo lo compré”.

Una de esas mañanas la invitó a subirse a su campero de safari. Cruzaron la planicie hasta un coto de caza que el Patrón reservaba para sus ratos de asueto, a la manera de los monarcas europeos que aparecen en algunos gobelinos. Mientras los hombres se perdieron entre arbustos para rastrear las presas, ella debió quedarse rondando con su cámara. Escuchó detonaciones y al final vio aparecer a los lugartenientes arrastrando los cadáveres de dos guaguas. El propio Escobar tasajeó la carne, sin ayuda, en una barbacoa rústica que Giovanna registró con minucia.

Era evidente que a Pablo le gustaba que ella lo retratara. Después del festín, en otra manifestación pública del Movimiento de Renovación Liberal, el hombre vio dos fotos que le encantaron para un afiche de campaña. Una era de él y la otra de su compañero de equipo, Alberto Santofimio Botero. Le preguntó cuánto valían y ella le pidió diez mil por cada una. “¡Diez mil! ¡Cómo se le ocurre!” –dijo Pablo–. “Pero, Pablo” –ripostó Giovanna–, “¡cómo me pide rebaja usted a mí… con toda la plata del mundo!”. “¡Plata!… Eso es lo que dicen de mí, pero no son más que pajaritos de oro. Le doy siete mil por cada una y es la última oferta; yo sé que usted puede”.

Desde ese momento, cuando Pablo Emilio la veía llegar decía: “Aquí viene nuestra fotógrafa de cabecera”. “Creo que me tenía cariño porque le parecía avispada e inofensiva. Fui descubriendo que era parco, y que solo abría la boca para hablar mal del gobierno o bien de su equipo del alma, el Deportivo Independiente Medellín. No perdía el temple aunque transpirara adrenalina. La única vez que lo vi con susto fue en una manifestación en el barrio El Salvador. Ordenó a todo el mundo, incluso a doña Hermilda, su madre, que desalojara la tarima donde iba a hablar. Le insistí para que me dejara quedar, pero él volvió a decir: ‘Bájese, que esto se está volviendo muy peligroso’. Y fue esa la única vez que le vi asomar el miedo. Después supe que lo habían amenazado por teléfono, poco después de que anunciara su aspiración a la alcaldía”.

Luego Giovanna lo fotografió inaugurando una de las cien canchas que regaló a los barrios populares de Medellín. Fue la primera vez que lo vio armado. Ese día le habían quitado la inmunidad parlamentaria. Aun en ese estado airado pudo responderle a la fotógrafa por qué había construido una cancha en la zona de tolerancia de Lovaina: “Las muchachas del barrio tienen hijos; a los hijos de las muchachas les gusta el fútbol; luego hay que construir canchas para los hijos de las muchachas”.

Un archivo de más de 1.500 fotos de Pablo Escobar permanece inédito en alguna gaveta de Colombia. Mientras las demás fotos esperan a ver la luz, esta ojeada a su álbum secreto revela facetas desconocidas del capo di tutti capi.
Izquierda: en la inauguración de una cancha de Sabaneta, en las afueras de Medellín. Derecha: Con su esposa, María Victoria Henao, en un acto de Renovación Liberal • © Giovanna Pezzotti

Esta quizás fue la última vez que lo retrató. La reportera gráfica debió regresar a Italia a reclamar a otro mafioso, Giuseppe Pezzotti, primo de su padre, la fortuna que éste le había escamoteado. En medio de los litigios y del ejercicio de trabajos menores logró conservar por varios años el paquete de negativos.

Mientras tanto, a finales de la década de los ochenta las fotos que seducían a Escobar, como a tantos héroes del hampa con ansia de celebridad, también lo convertirían en el enemigo público número uno.

La reiterada aparición en la prensa del suplente a la Cámara hizo que don Guillermo Cano, director de El Espectador, se fijara en él. Pidió revisar viejos archivos porque recordaba haber visto esa cara ligada con algún asunto tenebroso. Los sabuesos del periódico debieron buscar entre decenas de noticias sobre decomisos hasta encontrar la imagen. En ella se veía al capo con una sonrisa de oreja a oreja, camisa de estampado tropical y el número de la reseña de la cárcel del Distrito Judicial de Medellín, en un periódico del 9 de junio de 1976, diez años antes. No era usual que un detenido sonriera de ese modo ante la cámara de un juzgado. Se le había capturado con su banda, por segunda vez, con 39 kilos de cocaína escondidos en la llanta de un camión.

El periódico publicó la noticia en la que revelaba el pasado nada santo del benefactor.

En Medellín, los corresponsales Alfonso Benavides y José Guillermo Herrera recibieron una orden de la redacción con una frase de cajón: “Sigan a ese hombre”.

En una de esas misiones que pocos envidian, los reporteros tuvieron que ingresar a los hangares del aeropuerto Olaya Herrera para fotografiar las avionetas del Cartel. Antes de que la lente del viejo Bena, que así lo llamaban en la redacción, pudiera enfocar las matrículas en el fuselaje, un campero se atravesó en su camino. Dos jóvenes esbirros les salieron al paso y de inmediato les pidieron las placas de la DEA. “Somos periodistas”, dijo Herrera. Entonces los condujeron a una bodega en la que esperaron sin aliento hasta que llegó un personaje que parecía de alto rango. Mientras les ofrecía un café, comentaba, de modo irónico, el mal trato que el Patrón recibía de los periodistas.

Una muchacha del servicio trajo una bandeja con dos tazas de tinto humeantes. Benavides se bebió la suya de un tirón, pensando que contenía veneno y queriendo aligerar su partida de este mundo. El anfitrión apenas se dio cuenta abrió los ojos con un horror teatral: “Oiga, a usted le gusta es que se le queme la lengua”. El fotógrafo entonces agarró la cámara, abrió el compartimiento del rollo de cinta y jaló la tirilla del negativo hasta velarlo por completo a la vista del mafioso. Cuando se lo iba a entregar, el hombre hizo otro de sus aspavientos, escandalizado por un acto que él no había pedido. “No era para tanto. Yo les digo es que se manejen bien y no vuelvan a meter sus narices en los negocios del Patrón”. Benavides y Herrera debieron abandonar su trabajo en el diario.

Izquierda: La sombra del capo de todos los capos, Pablo Emilio Escobar Gaviria. Derecha: Durante una rueda de prensa en Medellín. A la izquierda del capo, José G. Herrera • © Giovanna Pezzotti y Alfonso Benavides

 

Luego de cuatro crímenes contra El Espectador y una continua intimidación, que incluyó hasta amenazas telefónicas en forma de trova, Escobar le mandó decir al corresponsal clandestino, Carlos Mario Correa, que no le chocaban tanto las denuncias contra él sino el hecho de que publicaran siempre la misma foto suya; “que les faltaba esfuerzo y creatividad para buscar nuevas imágenes”.

Lo que siguió fue el periodo de infamia que ya otros han descrito con más o menos lujo de atrocidades: ese delirio de prófugo que pretende enviar mensajes con letras de sangre para que el gobierno cambie de planes con los reos de extradición. Del largo itinerario como fugitivo acaso perdure una imagen que le hiciera un aficionado, mientras su banda buscaba un atajo seguro que confundiera al Bloque de Búsqueda. Luego la entrega ritual con un cura mediador que lo llevaría a ser huésped de la cárcel de cinco estrellas que el mismo Pablo Emilio diseñó.

A un kilómetro de las suites de clausura de la Catedral, un fotógrafo con nombre artístico, Hervázquez, montaba guardia junto a otros reporteros de todo el mundo, a la espera de alguna señal de Escobar que se volviera primicia. Con el paso de los días, a la intemperie, desesperado por la inutilidad del esfuerzo, envió una nota al capo con alguno de los funcionarios que subían en camperos a realizar diligencias procesales. El abogado no le prometió nada; en el papel solo le pedía el favor de que saliera al porche de la prisión para poderlo fotografiar. Los reporteros se sorprendieron al ver aparecer en el zaguán de la prisión a un Pablo Escobar meditativo, de ruana campesina, barba de mujic y manso como las aguas. A distancia de paparazzi, con un teleobjetivo de 800 milímetros, al fin Hervázquez pudo hacer clic.

Ante el revuelo de una noticia que no cesaba –la muerte de Pablo Escobar–, Giovanna tuvo miedo de seguir guardando por más tiempo la colección de fotos más numerosa y codiciada en ese momento por cualquier prensa del mundo. Confundida, llevó los mil quinientos negativos al jefe de redacción de un diario antioqueño. Éste de inmediato le entregó una suma irrisoria que ella no pudo rechazar.

Como si se tratara de la pérdida de un tesoro familiar, Giovanna regresó una y varias veces al archivo con el ánimo de recuperarlas. No se resigna a creer que ya no figuren en el inventario. Jamás las ha visto publicadas. En su cabeza han quedado las escenas de aquella época en la que Escobar daba una mano a las pobres gentes. Muy pocos sabían lo que hacía con la otra.