El fotógrafo privado de Pablo Escobar

‘El Chino’ conoció de niño a Escobar y, pasado el tiempo, se convirtió en su fotógrafo personal. Se permitía llamarle ‘Pablo’ y patearle en los partidos de fútbol de su mansión

«Era un ser amable, cálido, sencillo, un padre amoroso… pero el poder logró corromperlo», dice

«Me dijo que había terminado siendo lo que siempre quiso ser: un bandido». Edgar Jiménez, más conocido como El Chino, resume así la trayectoria de su amigo Pablo. Compañero de escuela, este alumno que ya apuntaba maneras como asaltador de tumbas, jalador de carros o ratero de baja estofa es ahora un mito.

Porque detrás de ese nombre común se alinea un apellido aplastante: Escobar. La combinación deriva en el título de mayor narco de Sudamérica. En un personaje de dimensiones descomunales. Tanto por el negocio que manejaba con la cocaína -hasta el 80% del tráfico mundial-, como por la leyenda forjada. Películas, libros y, sobre todo, la serie Narcos lo han vuelto a poner en el tintero 24 años después de su muerte. Su fotógrafo lo retrató en los lances privados como aquel «muchachito normal y corriente» con el que compartía los recreos.

La conversación tiene lugar en el cementerio Jardines Montesacro de Itaguí, frente a la tumba de Pablo Escobar y familia. No se puede decir que sea un santuario de culto, pero el goteo incesante de visitantes anima la mañana. A pocos kilómetros de Medellín, esta loma ofrece un panorama implacable de la ciudad que siempre quedará ligada al cártel que él mismo montó. El mayor del mundo en su momento. El inicio de la droga como tema de Estado y como fuerza de peso para librar una guerra con miles de muertos.

«Él nació en diciembre de 1949, me sacaba cuatro meses», dice Jiménez, que a sus 67 años conserva el mote de El Chino por su ininteligible dicción y mantiene su oficio como fotógrafo y documentalista. «Coincidimos en secundaria, donde Pablo era popular por ser hermano de Roberto Escobar, El Osito, uno de los mejores ciclistas de Colombia. De estudiante digamos que era regular».

Su vecino de pupitre dejó pronto los estudios. La vida de malandro le alejó del aula pero no le hizo un chico marginal. En sus fechorías estaba junto a su primo y siempre cuidó de su familia. Acudía con El Chino al Liceo Antioqueño, donde también se formó el otro nombre célebre de la ciudad: Fernando Botero. Provenía de Rionegro, una población campesina, y había descubierto el contrabando. La marihuana y la cocaína fueron sus productos de temporada hasta que dio un salto y pasó a coordinar entregas en el extranjero.

A partir de entonces, la historia es de sobra conocida: millones de dólares por todo el continente, extorsión generalizada, sicariato para los traidores, mansiones repartidas por el departamento de Antioquia donde se escondía de las fuerzas de seguridad y una ley de fácil disyuntiva: plata o plomo.

«Perdimos el contacto en el año 67 y lo retomamos en el 80», recuerda Jiménez, que se graduó, aprendió algunas técnicas fotográficas y colaboró en medios como Medellín Cívico o publicaciones de partidos políticos. Un intermediario de la Hacienda Nápoles -la residencia más popular de Escobar, donde albergaba su colección de coches de lujo o camadas de hipopótamos traídos de África- fue en su busca.

El Chino ya conocía, como medio mundo, sus peripecias. Cuando lo vio de nuevo se encontró con un hombre «normal». «Uno sabía que era un mafioso de quien todo el mundo quería hacerse amigo», aclara. Sin apreciar la mota del tiempo que los había separado, se entendieron desde el principio. «Nunca sacábamos el tema de sus negocios en las charlas. Uno nunca preguntaba. Y él sabía muy bien a quién involucrar y a quién no».

Lo más probable es que El Chino no estuviera contando esto hoy si hubiera tenido algo que ver en los tejemanejes de Pablo. Pero mantuvo su papel de colega que acudía a las fiestas y registraba los instantes junto a los suyos. Bodas, bautizos, comuniones. Cada festejo le avisaban por algún mediador y le conducían hasta el lugar sin más información que la necesaria.

Escobar ya manejaba inmensas cantidades de dinero y quería optar por un perfil bajo. Poco a poco, fue desvelándose. Empeñó dinero en comunidades pobres, lideró una campaña al Congreso en 1982 y aumentó la brecha entre su círculo de confianza y sus enemigos. «Antes de la muerte en 1984 de Rodrigo Lara Bonilla (ministro de justicia), asistía a muchas fiestas. Este asesinato fue el fin de la época dorada de Pablo», apunta. A partir de ahí, «su destino estaba sellado». Vivió huyendo, en la clandestinidad.

Incluso en tal situación, Escobar se comportaba como en aqullos recreos del barrio Robledo de Medellín cada vez que se veían. «El hecho de que fuéramos amigos de instituto, donde se forjan las amistades más fuertes, hizo que no cambiáramos. Y mientras unos le llamaban Patrón o jefe yo seguía diciéndole Pablo», comenta El Chino. «Él era una persona corriente. Carismático, atractivo. El dinero no lo cambió y no sucumbió al veneno de la droga», incide.

Según El Chino, la vertiente altruista no era mera fachada: «Habíamos vivido las revoluciones latinoamericanas. Comulgábamos con las ideas del Che o de Fidel Castro, de los jipis, del Mayo francés. Pablo era de izquierdas y su sentimiento de ayudar a los pobres era genuino. Odiaba la oligarquía y las élites», dice, a pesar de reconocer que uno de los dichos de Escobar era que «hasta los más ricos de Colombia eran pobres a su lado» y de que en 1987 llegó a ocupar el cuarto puesto de mayores fortunas en la revista Forbes.

Hay dos anécdotas que rememora entre risas. Una versa sobre un partido en la Hacienda Nápoles. Jiménez, miope de nacimiento, no conseguía tener las gafas sin empañar y entraba a destajo. «Ya le había dado unas cuantas veces y en una le tiré. Era el único que se atrevía a tirarle. Entonces me dijo: ‘Chino, tómela con calma’». Otra vez, al ser requerido para unas fotos, intentaron dar con él durante todo el día. Dejaron recados pero el fotógrafo olvidó devolverle la llamada. Por fin, uno de sus voceros dio con él y le espetó: «Chino, hijueputa malparío, vos sos el único que El Patrón le necesita y no te ponés pilas. Esperá que ya te lo paso».

Tras distanciarse del hombre más buscado de Colombia, El Chino continuó con su vida de reportero gráfico. A menudo recorría los barrios que había restaurado su amigo. «Se decía que era muy buen amigo y muy mal enemigo: o estabas con él o contra él, no perdonaba», describe. «Pero su declive y el trágico final ya se percibían», aclara El Chino, quien despotrica contra la serie Narcos. «Es un adefesio», exclama, repasando los «tres grandes fallos» que cometió Escobar: «El primero, lanzarse a la política; el segundo, ordenar el asesinato del ministro Lara Bonilla; el tercero, asesinar en La Catedral [la cárcel que se construyó] a sus propios socios Gerardo Quico Moncada y Fernando El Negro Galeano». «Fue adulado por el poder y quiso encontrar la inmunidad parlamentaria por la espada de Damocles de la extradición», indica Jiménez.

No le salió bien y su legado ahora es «nefasto». «Todavía sufrimos las consecuencias del cambio de valores que impuso. Cuando éramos estudiantes queríamos culminar una carrera profesional. Con el auge del narcotráfico, los muchachos han aprendido que la intimidación y la muerte eran un medio poderoso para conseguir dinero fácil. Su fallecimiento fue un respiro para el mundo, pero su sombra aún azota nuestro país».

«Vi la faceta buena. La mala, la de bandido, no. Porque yo no lo era y no tengo un peso. Los bandidos son los que más tienen», sonríe. «Pablo tuvo dos caras. La buena es la que sale en mis fotos: un hijo, esposo y padre amoroso. La mala está bien documentada en periódicos, libros y películas».

Su compañero de estudios, amigo y fotógrafo personal atestigua que en Pablo también habitaba «un ser amable, sencillo, cálido, altruista y generoso» con la gente necesitada. «A pesar del monstruo en que se convirtió, su muerte me produjo un sentimiento complejo de tristeza por el amigo que se va, y a la vez de alivio porque ya no podía causarle más daño a la sociedad», reflexiona. «El poder logró corromperlo. La clase política corrupta lo utilizó para financiar sus campañas y luego lo abandonaron. Pablo castigó violentamente esa hipocresía de las élites y, de paso, se llevó el mundo por delante».

Previous Post

Pablo Escobar Gaviria: ¿El capo narco murió asesinado o se suicidó?

Next Post

Pablo Escobar, El Chapo, Merlano y otras fugas famosas

ARTICULOS MAS CONSULTADOS

Translate »