EL REGRESO DE UN EXTRADITADO

Por: DIEGO GUERRERO Y PAULO CEPEDA / EL TIEMPO
Publicado el 24 de febrero de 2002

Todavía medio dormido, Hernán Botero Moreno caminó por uno de los pasillos de la Penitenciaría Nacional La Picota. Ese 5 de enero de 1985 fue despertado de un sueño profundo e ingresó a su peor pesadilla: la extradición a Estados Unidos.

El guardia le dijo que sería trasladado a la Cárcel Modelo de Bogotá y apenas le permitió ponerse la sudadera de su amado equipo Atlético Nacional, del cual era presidente.

Esto no es para la Modelo, es para Estados Unidos , pensó Botero al ver a otros dos colombianos pedidos en extradición, los hermanos Pabón, fuera de su celda.

De su camino por el segundo piso hasta el patio, donde lo aguardaba una camioneta, Botero no recuerda nada. Solo volvió en sí cuando en el vehículo lo esposaron por primera vez en los 222 días que llevaba bajo detención preventiva.

En las oficinas del DAS nos mostraron el acta de extradición y todos firmamos como conejitos , recuerda Botero, que a esas alturas estaba como si le hubieran dado un batazo en la cabeza.

El dirigente deportivo había sido solicitado al gobierno del presidente Belisario Betancur por la Corte del Circuito Sur de la Florida (Estados Unidos) para ser juzgado por fraude a correos, entre otros cargos.

– Qué va a llevar?- le preguntó un agente, antes de subir a un avión Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana.

-No sé, porque no sé para dónde voy- respondió Botero.

-Lleve calzoncillos, porque para donde va, se le van a quedar pegados- le dijo con sorna el agente.

De ahí partió al país donde había estudiado en su juventud Ingeniería Civil. Esta vez no recibió un diploma sino una condena a prisión de 30 años.

Cuando escuché la sentencia miré hacia atrás y allá estaban Lía, mi esposa, y mis hijos, llorando. Yo qué podía hacer si no hice nada. Pensaba que esto no podía pasar y que alguien tendría que escucharme, que entre los hombres tendría que haber alguien justo, pero la justicia de los hombres no sirve , dice Botero.

Tras las rejas.

En una celda estrecha y compartida, con la nariz a tres metros del sanitario, Hernán Botero, que en ese tiempo tenía 50 años, dejó de ser el personaje del mundo del fútbol, para volverse un condenado.

El caqui se convirtió en su traje de fatiga y la máxima aspiración posible era ver a su Lía, -verla y apenas tocarla- para entrelazar sus manos y darle un beso de saludo o despedida.

Las reglas son absurdas e inhumanas. Quién instituyó el sexo? Dios. Quién lo quita? Estados Unidos , dice.

Límites impuestos a un hombre acostumbrado a gritar en los estadios, a cuestionar los arbitrajes, a la polémica deportiva, a invertir en sus negocios y a dirigir sus empleados, en fin, a hablar duro y a llevar su vida como mejor le parecía.

Nos contaban a las diez de la mañana, a las cuatro de la tarde, a las nueve y a las once y media de la noche, a las tres y a las cinco de la mañana. Nos contaban parados en la celda, porque para ellos si uno está sentado, no está vivo. A las 6:30 nos bañábamos y desayunábamos y luego a la esclavitud , cuenta.

Por mucho tiempo la jornada del ingeniero civil consistió en doblar camisas durante cinco horas por 85 centavos y si no al hueco… la cárcel de la cárcel.

El resto del tiempo era para leer, caminar, recibir visitas o jugar cartas. Pero había algo que a Botero lo atormentaba. Sus dos hijos menores, Juan Roberto y Santiago, tenían 7 y 9 años. Entonces su rol de padre lo asumió por teléfono.

A diario o cuando la correccional lo permitía, Botero llamaba a Lía quien lo mantenía al tanto de lo que sucedía en el hogar, el cual por un tiempo se trasladó a Estados Unidos.

Pues sepa caballero, que usted esta semana no me sale a ninguna parte! , regañaba el padre desde la correccional cuando uno de sus hijos perdía una materia o recibía la queja de que le había faltado el respeto a la mamá.

El resto de su vida eran las mismas cuatro paredes, así fueran las de las correccionales de Greenville, Waseca, Rochester, Oakdale, Marianna, algunas donde purgó su pena. Reclusorios en donde dejó pocos amigos, porque la distancia intelectual era grande, diferencia que aprovechó para convertirse en profesor de inglés y traducir los manuales de una clínica.

Esa distancia no impidió que un grupo de convictos colombianos, en medio de una contenida algarabía, se reunieran en su celda para escuchar por un radio prestado la final de la Copa Libertadores de América de 1989, en Bogotá.

Después de que Leonel Alvarez le dedicó el campeonato de Nacional a Hernán Botero -a quien no conocía- y mientras el país celebraba, el ex presidente rompió en llanto solo en su celda.

Viaje de regreso.

Botero contaba los días que le faltaban para volver a Medellín. Hacía cálculos con las horas trabajadas, que le rebajaban pena, se ponía metas y hacía proyecciones, hasta con porcentajes.

Finalmente, el pasado miércoles recobró su libertad, pues con su trabajo redujo la condena a 17 años y 8 meses.

Ese día el gobierno de Estados Unidos lo puso en un avión en Miami y aterrizó en Cartagena donde lo esperaba su esposa, con la que partió de inmediato, en otro vuelo, para Medellín.

En su casa, Hernán Botero, el único colombiano extraditado en volver al país, está feliz por tener la vida en sus manos, por no tener quien lo mande o quien lo castigue.

A sus 69 años, reitera una y otra vez, con la misma voz recia de hace 20 años, que es inocente y que la condena fue hecha con premeditación y alevosía, en un acto maquinado por los gobiernos de Colombia y Estados Unidos. En Colombia y sobre todo en Medellín, sin embargo, siempre tuvo fama de ser un gran lavador de dólares.

Indignado, repite casi con obsesión la teoría de que fue un chivo expiatorio. Lo hace con la certeza adquirida tras años de leer y releer su caso, de discutirlo con juristas, de enviar peticiones a los jueces -que siempre denegaron- y de hurgar en los anaqueles sobre situaciones parecidas.

Yo reto al ex presidente Belisario Betancur y al ex ministro Enrique Parejo, ellos asesorados con los mejores abogados y yo solo, para que discutamos mi caso en el programa de televisión más visto de este país, pero sé que no irían , dice.

Pero el temple ganado a fuerza de sobreponerse a la adversidad, no riñe con la ternura de quien es capaz de abrazar y besar a sus 7 hijos y 14 nietos -que no vio nacer-, y a Lía, su esposa desde hace 32 años.

No sabe bien qué hará con su vida, pero lo que tiene claro es que demandará a los gobiernos de Colombia y Estados Unidos, que no se volverá a vestir de caqui y que en la casa de los Botero Montoya, no se come más perro caliente ni hamburguesa.

Botero dijo que demandará a los gobiernos de Colombia y Estados Unidos, que no se volverá a vestir de caqui y que en su casa no se comerá perro caliente ni hamburguesa.