La cuadra: Un relato crudo de Aranjuez

La primera novela de Gilmer Mesa, La cuadra, es un relato apasionante sobre la vida en un barrio de Medellín que le valió para ser finalista del Premio Nacional de novela 2018.

La Cuadra
Gilmer Mesa
Literatura Random House, 2016. 192 páginas.

La cuadra es ese lugar del barrio en el que se configuran las historias tristes y alegres. Las historias de niñez, en donde crecimos, conocimos a nuestros primeros amigos, a nuestra primera novia, en donde sucedieron eventos que nos marcaron la vida.

Todo esto cambia de un barrio a otro. Hay unos más duros que otros, y en los años ochenta y principios de noventa, en pleno apogeo del Cartel de Medellín, Aranjuez se convirtió en uno de los más duros de la ciudad. ‘La cuadra’ es una novela que narra la vida de los muchachos, los pillos, las mujeres y las familias que vivieron durante este tiempo.



La novela comienza con una sentencia cruda: “Particular historia esta que paso a relatar, pues todos los que en ella aparecen están muertos, irremediablemente muertos, salvo yo, que he sido preservado en alcohol para contarla”. De ahí en adelante el lector se adentra en la vida del barrio Aranjuez, de Medellín, pero en especial una cuadra, en la que conviven pillos, bazuqueros, pandilleros y personas que habitan ese barrio, y que al final son espectadores y víctimas de lo que sucedía a diario.

De ahí en adelante, Gilmer Mesa, quien se inspiró en lo que vivió en Aranjuez durante su infancia y su adolescencia, y, sobre todo, en la historia de su hermanos Alquivar, va narrando las desventuras de sicarios despiadados como Kokorico, la venganza de Claudia contra Denis y el ascenso y caída de Los Riscos, los dueños y señores del barrio y el brazo armado más temido del Cartel de Medellín, entre otras historias que convirtieron la cuadra y la esquina en un lugar desolador y triste.

Pero el libro no se queda en la historias de desventuras, debajo de estas historias hay una reflexión sobre la maldad, la camaradería y el amor de familia. Cuenta cómo el dinero fácil corrompe a las personas y hace una reflexión sobre la maldad latente que acompaña al ser humano y que se revela dependiendo de las circunstancias que le toque vivir a cada quien. Es por esto que los muchachos que hacen parte de esta historia ya no están, porque su decisión fue vivir y sobrevivir a través del delito, de la vida y el dinero “fácil”, y de conseguir todo rápido sin importar las consecuencias.

Una de las frases más duras de la novela retrata este amor por la vida fácil: “Por eso nos levantamos queriendo que todo se nos dé gratis, que sean los otros los que hagan nuestro trabajo: el Estado que nos mantenga, los medios que nos opinen, los dirigentes que nos piensen, la sociedad que nos tolere, la justicia que nos absuelva, la Iglesia que nos confiese y la vida que nos viva, pero como en la realidad nada de eso se da de verdad porque el Estado nos estafa, los medios nos engañan, los dirigentes nos manipulan, la sociedad nos desprecia, la justicia nos condena, la Iglesia nos reprueba y la vida nos mata, entonces empezamos a creer en supercherías y seducciones de personajes tan oscuros como sugerentes que saben endulzar la píldora para que el candoroso vea en su obrar la solución rápida a sus problemas”.



La cuadra es un relato crudo y triste, con escenas que hacen estremecer al lector al darse cuenta de lo que es capaz de hacer una persona por un poco de dinero, pero esa es la realidad que vivimos. Basta asomarse a la calle para darse cuenta de todo esto.

Los Priscos

A inicios de los ochenta, cuatro hermanos de Aranjuez, en el nororiente de Medellín, fueron los creadores de una banda que signó la historia del conflicto local luego de firmar la alianza de dinero y armas con el jefe mayor de la mafia colombiana, Pablo Escobar. La revista Semana llegó a catalogarlos como la ‘Guardia pretoriana’ del capo.

Los Priscos –que Gilmer nombra en su libro Los Riscos– fueron responsables de asesinatos tan mediáticos como los del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (1984), el director de El Espectador Guillermo Cano Isaza (1986), y el coronel Valdemar Franklin Quintero (1989).

Por aquellos días, los soldados a sueldo que militaron para el narcotráfico en Medellín –sólo con Los Priscos la cifra llegó a los 300–, eran en su mayoría habitantes de los barrios populares; jóvenes que sin alcanzar la mayoría de edad robaban y asesinaban para figuras de poder en el ecosistema truculento y pendenciero de la ilegalidad.

Sobre el primer encuentro que selló el vínculo macabro entre Los Priscos y Escobar, escribe Gilmer Mesa en su libro: “De esa reunión salieron la cabeza y el brazo de las incontables matanzas, secuestros y desmanes que sufriría esta ciudad durante algo más de una larga y nefanda década y que dejaría como saldo oscuro de destrucción una ciudad temerosa, desconfiada y en luto constante que dura hasta nuestros días”.

La carrera de Los Priscos tuvo golpe final cuando David Ricardo Prisco y su hermano Armando cayeron muertos en operativos simultáneos de la Policía Nacional en enero de 1991. Ya en 1986 había fallecido Eneas Prisco, y en 1987 José Rodolfo. Un quinto miembro del clan familiar, Conrado Antonio, estaba dedicado a la medicina, pero fue también asesinado en febrero de 1991. Hoy queda, como emblema para la memoria, la imagen de una virgen María Auxiliadora, puesta por Los Priscos en la esquina de su cuadra en el barrio Aranjuez.

Fuente: revistadiners.com.co

 

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