Los dientes de Pablo Escobar

Julián Andrade

El dinero del narcotráfico se puede convertir en una pesadilla. Juan Pablo Escobar (Juan Sebastián Marroquín) acaba de publicar Pablo Escobar, mi padre (Planeta).

El hijo del más importante jefe del cártel de Medellín recrea la vida privada, los triunfos, pero sobre todo la desgracia que acarreó para su familia un hombre que estremeció, aterrorizoóy cambió a Colombia.

Desde la distancia y la reflexión que le permiten dos décadas de exilio, ajusta cuentas con su pasado, con la dureza de la clandestinidad y con la zozobra permanente, que es la otra cara del poder que se obtiene por la fuerza.

Escobar Gaviria, por ejemplo, pasaba horas cepillándose los dientes. Era una medida precautoria. Escondido y a salto de mata, no se podía dar el lujo de acudir a un dentista y mucho menos de tener una emergencia.


La riqueza de Escobar Gaviria, después de su muerte, tuvo que ser repartida entre los grupos criminales que lo enfrentaron y en particular los jefes del cártel de Cali, que aliados con la policía trabajaron para sacar del mapa a su rival más importante e incómodo.

Juan Pablo Escobar y su madre tuvieron que negociar para salvar la vida. Aquella guerra, que costó cientos de millones de dólares, generó una de las espirales de violencia más graves de la historia colombiana, e inauguró un procedimiento maligno: El narcoterrorismo.

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Escobar Gaviria cometió, entre otros tantos, un error que resultó fatal para su propio país: entrar en la política.

Llegó al Congreso, pero se puso bajo la lupa pública. No duró mucho como legislador porque personajes como Guillermo Cano, director de El Espectador, y Luis Carlos Galán, el líder liberal, se lo impidieron, como muestra de que había colombianos decididos a evitar la captura criminal de las instituciones.

Los mató a ambos, pero inició una carrera sin retorno hacia su propia desgracia.

Mi padre es una aportación importante a la memoria del narcotráfico, a su simbiosis con la política y los poderes fácticos, y a las amplias redes de protección y complicidad.

Al mismo tiempo es un ejercicio de búsqueda de una ruta distinta, donde la paz sea posible.

Juan Pablo Escobar no se engaña, explica la barbarie cometida por su padre y por quienes hicieron de las drogas uno de los negocios más rentables del mundo.

Pero también describe a un hombre que quería a su familia. La luz de Escobar que sin duda se opaca por sus grandes sombras, pero que da pistas, de algún modo, sobre su personalidad y liderazgo.




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