Madurar entre narcos, bombas y muertos

30 Nov 2013 – 9:00 pm

Memorias de una generación

No bastó con estudiar en los mejores colegios, con tenerlo todo. Terminaron enterrando amigos que se volvieron sicarios, metiendo o soportando abusos de los mafiosos en medio de una cultura del dinero fácil. Así fue sobrevivir en la Medellín de los años 80 y 90.

Por: Mariana Suárez Rueda
EL ESPECTADOR

Madurar entre narcos, bombas y muertos Camilo Andrés Jaramillo sobrevivió a la masacre de la discoteca Oporto. Perdió a cuatro de sus amigos. / Luis Benavides

A las 10:15 de la noche del 23 de junio de 1990, horas después de que la selección Colombia fuera eliminada del Mundial de Italia, sonaron los primeros disparos en Oporto, uno de los bares de moda en Medellín. Camilo Andrés Jaramillo —21 años, estudiante de administración de empresas de Eafit— se salvó de milagro. Al igual que sus amigos y todos los hombres que estaban esa noche, tuvo que acostarse bocabajo en el parqueadero, a la sombra de unos árboles de eucalipto, y recibir una ráfaga de disparos.

Nueve tiros le atravesaron el cuerpo. Los 15 encapuchados que ese día estremecieron a la ciudad enviando un mensaje de que la guerra era contra todos, asesinaron a más de 20 personas. La mayoría eran estudiantes que habían tenido que aprender a seguir viviendo, a “disfrutar” de la juventud en medio de la zozobra de la violencia desatada por Pablo Escobar.

Esta masacre marcó un punto de quiebre en la vida de la generación de quienes tuvieron que enfrentar estos años de horror, de bombas, secuestros, asesinatos, droga, mafia, dinero fácil y narcoestética cuando tan sólo eran unos adolescentes y se encontraban en la etapa más vulnerable de su existencia. Paradójicamente, a pesar de tenerlo todo, de ser hijos de gente bien, educada, no lograron escapar y de una forma u otra terminaron envueltos en una pesadilla.

Después de Oporto comprendieron que no servía evitar las amistades dudosas, las malas compañías o las zonas calientes. Nadie estaba a salvo. Sin embargo, también comprobaron que ya se encontraban anestesiados, que sin importar lo brutal que fueran las muertes y cuántos amigos, primos o conocidos cayeran, debían seguir adelante. La vida continuaba.

Camilo Andrés Jaramillo se sorprende hoy, a los 44 años, de su reacción ante lo sucedido. Era duro saber que sus amigos habían muerto, pero a los seis meses, ya recuperado, estaba otra vez en la calle, los fines de semana en algún bar o discoteca y el resto del tiempo estudiando. “Nos volvimos indolentes, indiferentes”, dice Pablo Mejía, a quien le tocó la época brava en Medellín desde los 15 años. “Uno se va forjando con cierta tenacidad, pero es muy frustrante”.

La noche de Oporto estaba en el hotel Intercontinental en el prom del colegio. Recuerda que oyó tiros porque los matones pasaron disparando por El Poblado después de la masacre para confundir a la policía. La noticia de lo sucedido se regó rápidamente y la fiesta se acabó. Eso, sin embargo, no era lo usual. “Explotaba una bomba o se oía un tiroteo y la música se apagaba por media hora, pero luego seguíamos divirtiéndonos”.

En ese entonces, meter coca se había vuelto parte de la rumba. Los mafiosos ofrecían como cortesía líneas en el baño y no aceptar se consideraba de mal gusto. Incluso, para muchos jóvenes lo mejor que les podía pasar era que les regalaran un pase, se sentían importantes. Copelia Herrán sigue haciendo memoria y viene a su mente todo aquello por lo que tuvo que pasar.


No era sólo ver a sus compañeros convertirse en sicarios; aguantar el toque de queda que se impuso después del magnicidio de Galán en una época en la que quería salir, comerse el mundo; correr a buscar un teléfono cada vez que explotaba una bomba para avisar en su casa que estaba viva o contener el miedo, especialmente después del estallido en la panadería en donde se encontraba su mamá, quien perdió el 50% de la audición, el 50% de la vista y ha tenido que someterse a varias cirugías en el rostro.

Además de todo debía aguantarse el acoso de los mafiosos en los bares, restaurantes o cafés. Se sabía que si les gustaba una peladita, la mandaban llamar, la invitaban a tomarse algo y si se atrevía a hacerles el feo le podía ir muy mal. Muchas de sus compañeras terminaron convirtiéndose en las novias de esos traquetos, que llegaban a recogerlas al colegio. “Al salir de clase se veía la fila de camionetas de vidrios oscuros estacionadas junto al andén. Un montón de niñas hermosas desfilaban hacia ellos”.

Y si no era por las buenas, era por las malas. Por eso las violaciones se volvieron tan frecuentes. Fue famoso, cuenta Pablo Mejía, el caso de unas peladas que estaban en una hamburguesería y las sacaron a la fuerza, o los abusos cuando se robaban los carros, bajaban al conductor y se llevaban por un rato a su hermana, novia o amiga.

A Maya Cely le tocó sonreírle varias veces a Popeye. Había nacido en su barrio —“es que él venía de una familia bien, pero se descarriló”— y no era raro encontrárselo en algún café o barcito de la zona. “Uno estaba sentado y llegaba con flores para todas o invitaba a algo de tomar. Ya al final los carteles de ‘se busca’ con su foto estaban pegados en la puerta y él adentro con sus cortesías y uno sin saber qué hacer, pero con la certeza de que era impensable despreciarlo”.

A los 13 años, Maya ya había visto cómo asesinaban con sevicia a una persona junto al paradero donde esperaba el bus. Un año después, una bomba explotó al lado de su casa cuando todavía estaba dormida, porque estudiaba en la jornada de la tarde. Desde ahí la invadió un miedo profundo que la hizo dormir con sus papás hasta que cumplió 18 y hastiada de la violencia se fue a Bélgica, de donde regresó después de la muerte de Escobar.

“Vivimos y vimos tantas cosas que inevitablemente uno se vuelve inmune, te sale una coraza, aprendes a agudizar los sentidos, a no confiar y a ser fuerte. Me mataron muchos amigos que se enlistaron en la mafia. Todo el mundo quería plata fácil. Fueron muy pocos los que no terminaron metidos”.

Incluso cinco años después de la muerte del capo de capos se sentía la crudeza de la guerra en Medellín y a Maya Cely le tocó. Una amiga tuvo un altercado en una discoteca y la gente que respaldaba a la mujer con la que se peleó la buscó en su casa y con una bazuca la volaron delante de su mamá, quien perdió una mano en el brutal atentado.

Guillermo Carvajal, psicoanalista, expresidente de la Federación Psicoanalítica de América Latina y especialista en tratar jóvenes, advierte que la adolescencia es la época más vulnerable para influir al ser humano. Es cuando se está buscando la identidad y se tiene la tendencia de inclinarse por lo que implique gratificación inmediata o el menor esfuerzo. “Y Pablo Escobar canalizó un comportamiento, tomó a una generación y la educó en sus valores, en su sistema de pensamiento y manera de ser”.


Por eso no era raro, enfatiza, que jóvenes con todas las oportunidades y recursos terminaran traqueteando o “siendo los lavaperros de los mafiosos -recuerda Pablo Mejía-. A la mayoría de los que conocí los mataron y al resto los encerraron en Estados Unidos”. David, el hermano de Maya, tenía 15 años cuando logró escapar de una balacera en un parque. En ese entonces los amiguitos de los mafiosos se envalentonaban y armados intimidaban a quienes les caían mal, sentían que los miraban rayado o se levantaban a la niña que les gustaba.

Cinco años más tarde se salvó de que el hermanito de su novia lo asesinara, luego de que David lo viera escondiendo un arma entre una alcantarilla y le reclamara estar metiéndose en problemas. El revólver se trabó y por eso sigue vivo. Pero desde ese día no volvió a ser el mismo. Se encerró, cambió, se alejó de todos y poco a poco comenzó a contar por lo que había tenido que pasar. Las historias sonaban tan aterradoras que sus padres llegaron a pensar que formaban parte de su delirio, pero luego comprobaron que eran verdad.

Y es que para los papás no resultaba fácil educar a un adolescente en ese contexto. Se debatían entre tratar de mantenerlo “a salvo” y dejarlo vivir. Era imposible que se enteraran de todo, muchos hasta hacían negocios con mafiosos o tenían familiares involucrados, así que tampoco se atrevían a pontificar. Además, en medio de las balas lo importante era sobrevivir. No había tiempo para pensar en nada más.

Hoy, David lucha por mantenerse estable a pesar de la esquizofrenia que le diagnosticaron. Con razón sentencia Carvajal: “La generación que vivió en su adolescencia el terror y la cultura mafiosa que nació con Escobar quedó dramáticamente alterada, traumatizada por el narcotráfico, un fenómeno que pervirtió severamente las mentes de los colombianos y estamos viendo las consecuencias”.

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