Pablo Escobar, el imperio “que arrodilló a Colombia por la vía del miedo”

Por ARMANDO GUZMÁN
14 DE OCTUBRE DE 2015 – REPORTAJE ESPECIAL
juanpabloescobarJuan Pablo Escobar o Sebastián Marroquín, hijo del célebre capo c  olombiano. Foto: Rafael del Río. Durante su época de esplendor como narcotraficante, Pablo Escobar Gaviria no hizo negocios con capos mexicanos.

No lo mataron, se suicidó. Era un criminal despiadado pero amoroso con su familia, el comediante Chespirito nunca actuó para él y su fortuna le fue arrebatada por otros cárteles colombianos luego de su deceso, en complicidad con sus hermanos y su madre Hermilda de los Dolores Gaviria.

Estas y otras revelaciones son de Juan Pablo Escobar o Sebastián Marroquín, hijo del célebre capo colombiano que la semana pasada compartió en Villahermosa su experiencia y vivencias al lado de uno de los mayores narcotraficantes del mundo.

Durante dos horas habló y contestó preguntas en el salón de un hotel de esta capital. Luego autografió su exitoso libro Pablo Escobar, mi padre, y se tomó fotos con los asistentes que recibieron y despidieron con prolongados aplausos a este pacifista y mensajero de la paz, como se define.

“El amor por mi padre es incondicional y no negociable, pero fue un líder negativo. La droga lo convirtió en millonario, luego se lo quitó todo, primero su libertad y después su vida”, dijo.

“Fue un buen papá, divertido, de buen humor, amoroso, buen consejero y buen amigo, y nunca me aconsejó que siguiera sus pasos”, expuso.

“La responsabilidad moral de los crímenes de mi padre las he asumido yo aunque no me corresponda”, sostuvo.

También relató que el 2 diciembre de 1993, a las tres y media de la tarde, se encontró en la encrucijada más grande de su vida.

Su padre, de 44 años, había muerto y amenazó al país con vengarse, lo que quedaba claro de quién sería “el Pablo Escobar 2.0”.

Pero después de 10 minutos de reflexión de lo que quería para su vida, su futuro, eligió el camino de la paz.

“Me retracté y juré que si algún día podía hacer algo para que reinara la paz en Colombia, lo haría. Recordé que había sido un crítico de la violencia de mi padre y no estaba dispuesto a continuar con una historia que ya sabía cómo empezaba y terminaba. Y la paz es lo que hago desde hace 21 años. Cinco segundos de amenazas a un país me han cobrado más de 20 años de exilio y ostracismo”, lamentó.

Tenía, añadió, dos opciones: continuar por el camino de su padre o convertirse en algo inesperado hasta por él mismo: arquitecto, diseñador industrial, escritor, conferencista, padre de familia, pacifista, “hombre libre que vive en paz”.

Destacó que el propósito de contar su experiencia al lado de su padre es para que nunca más exista otro Pablo Escobar, a quien retrata en toda su crudeza en su libro, alejado de las series televisivas que los exhiben como héroe o villano.

Y no busca hablar mal de narcotraficantes, “porque soy hijo de uno de los mayores narcotraficantes de la historia”.

Luego recordó que su padre fue un niño campesino pobre, nunca estrenó ropa ni juguetes y la violencia lo orilló a las drogas.

De joven decía a sus amigos que si a los 30 años no tenía un millón de dólares se suicidaría y quiso estudiar abogacía.

“Pudo ser el bandido más duro pero también era el padre más amoroso, nos grababa cuentos y canciones (a él y su hermana Manuela)”, sus dos únicos hijos.

Con fotografías y videos de la época del esplendor y ocaso de Pablo Escobar, exhibidas en una pantalla, Sebastián Marroquín relató que cuando tenía 7 años se exiliaron en Panamá porque su padre ordenó la muerte del ministro de Justicia de Colombia, Rodrigo Lara Bonilla, en agosto de 1984.

En Panamá nació su hermana Manuela y desde ahí la clandestinidad fue su modo de vida.

Los lujos y ostentaciones no se pudieron disfrutar porque, “mientras más riquezas teníamos, más pobres nos sentíamos”.

Tenían coches, aviones, casas y hasta una vajilla de 24 piezas bañada en oro que costó 400 mil dólares de los años ochenta, con las iniciales entrelazadas de Pablo Escobar, en la que sólo comieron una o dos veces.

La casa europea que la vendió comentó que después de un pedido de la casa real británica, nadie había hecho otro encargo.

La Hacienda Nápoles, ahora en ruinas, fue el símbolo de mayor ostentación de Pablo Escobar.

Tenía 10 casas, un zoológico con más de mil 200 especies, aeropuerto, helipuerto, mil 700 trabajadores, 27 lagos artificiales y muchas cosas más, donde no faltaba nada.

En esa hacienda, Pablo Escobar sentó a su hijo, de 8 años, y sobre una mesita le extendió unos diez tipos de drogas (cocaína, mariguana, crack).

Le dijo que todas las había probado, pero que él nunca las probara por sugerencia de sus amigos, ni por curiosidad, y se le quedó tan grabado que nunca lo hizo.

Aunque Juan Pablo no tuvo muchos amigos, pues los padres de familias del colegio donde estudiaba prohibían a sus hijos que se juntaran con él.

En esa soledad, los sicarios de su padre fueron sus “niñeras”.

“La gran fortuna que amasó mi padre, como no fue adquirida respetando los valores humanos, no perduró en el tiempo y hasta terminó financiando su muerte”, expuso Sebastián Marroquín, identidad que adoptó luego de salir de Colombia y exiliarse en Argentina, donde vive con su madre y hermana.

“La fortuna la heredaron personas a quienes mi padre, estoy seguro, no debió haber querido dejarles nada: los políticos y sus enemigos”.

Resaltó que la peor decisión de Pablo Escobar fue querer incursionar en la política, “a la mafia mucho más grande”.

Lo acusaron de narcotraficante y le confiscaron 5 mil casas que mandó a construir para familias pobres que vivían en un basurero, lo que desató la ira de su padre contra el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, a quien finalmente ordenó asesinar.

También ejecutó, en agosto de 1989, al candidato presidencial Luis Carlos Galán, durante un mitin de campaña, por adelantar que declararía la guerra al narco una vez que asumiera el cargo, como era inminente.

El presidente Belisario Betancourt, a quien el Cártel de Medellín de Pablo Escobar había financiado su campaña, ordenó la captura del capo y así inició la guerra del Estado contra el narcotráfico.

El Cártel de Cali, contrario a Pablo Escobar, también se unió a la persecución.

La rivalidad arreció, “no por disputas de territorios, sino por un lío de faldas”.

Sebastián Marroquín contó que, joven, su padre fue encarcelado y lo ayudó a salir un narcotraficante apodado El Negro, quien después cayó preso en Estados Unidos.

En ese periodo, un sicario del Cártel de Cali enamoró a la esposa de El Negro y eso, en el mundo del narco, “se paga con la muerte”.

Pablo Escobar, en lealtad al amigo que lo sacó de la cárcel, reclamó al Cártel de Cali que le entregaran al sicario que le quitó la mujer a El Negro, pero se negaron y arreció la guerra entre los cárteles de Medellín y Cali.

La respuesta más violenta del Cártel de Cali fue el coche-bomba que hizo estallar en el edificio Mónaco, donde vivían los dos hijos y la esposa de Pablo Escobar, Victoria Eugenia Henao Vallejo.

Fue el primer coche-bomba que estalló en Colombia con 700 kilogramos de dinamita y ocurrió a las 5:13 de la mañana del 13 de enero de 1988.

Aunque heridos, los tres lograron sobrevivir. Pablo Escobar pensó que habían muerto, pero al saber que vivían maquinó su venganza.

Desató una ola de terror haciendo explotar más de 200 bombas por todo Colombia, entre ellas, una que detonó en un avión de la línea Avianca, donde supuestamente viajaría un candidato presidencial que, de última hora, no abordó la aeronave y murieron decenas de inocentes.

La persecución concluyó cuando “Los Pepes”, un grupo paramilitar integrado por cárteles de la droga y agentes de la CIA, rastrearon una llamada telefónica que Pablo Escobar hacía a su hijo Juan Pablo que, con su hermana Manuela y su madre Victoria Eugenia, se encontraban retenidos en un hotel de Bogotá para que el capo se entregara.

“Ahorita te llamo”, fueron las últimas palabras que el hijo escuchó de su padre antes de colgar el teléfono por la irrupción de la policía en el departamento donde Pablo Escobar se escondía.

La llamada había sido para orientar a Juan Pablo, que tenía 16 años, sobre cómo debería contestar las preguntas de un medio de comunicación sobre su eventual entrega a la justicia colombiana.

Sebastián Marroquín sostiene que su padre se suicidó, no lo mataron, y que siempre le decía que en su pistola tenía 15 balas, 14 para sus enemigos y la última para suicidarse.

Incluso, dijo, consultaba médicos sobre en qué parte de la cabeza sería más efectivo el tiro, y concluyó que en el oído izquierdo, no en la sien ni en la boca.

Cuando el 2 de enero de 1993 anunciaron su muerte, el cadáver de Pablo Escobar tenía un tiro en el oído izquierdo.

Luego de su deceso se reunieron todos los grandes capos colombianos y citaron a la viuda e hijo de Pablo Escobar para acordar el despojo de todos sus bienes.

Juan Pablo no quería ir porque sabía que lo matarían, pero como estaba cansado de la persecución, decidió hacerlo y acudió a que “me mataran”.

Redactó su testamento y asistió con su madre y un tío.

Grande fue su sorpresa al ver sentada a su abuela Ermilda y sus hijos –madre y hermanos de Pablo Escobar– junto a los narcos enemigos de su padre para exigirle que entregaran todos los bienes.

“Tranquila señora, va haber paz, pero a su hijo Juan Pablo lo vamos a matar”, dijeron los narcos a la viuda de Pablo Escobar, quienes finalmente les perdonaron la vida pero los “condenaron” a ser pobres, ya que pagarían todo lo que gastaron en perseguir al mayor capo colombiano.

“Yo no podía creer que mi propia abuela y sus hijos apoyaran todo despojo y violencia en contra de la viuda y los hijos de mi padre, quien les dio todo lo que tienen en vida”.

Carta de reconciliación

En 2008, Juan Pablo Escobar escribió una carta a los hijos del exministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, y del excandidato presidencial, Luis Carlos Galán, para encontrarse y buscar la reconciliación.

Aceptaron y 14 años después de salir de Colombia, el hijo de Pablo Escobar regresó para reconciliarse con las víctimas de su padre, “por la paz de Colombia”.

También con familiares de inocentes, políticos e hijos de narcotraficantes que murieron en la cruenta guerra por las drogas, pues nunca se cansará “de pedir perdón”.

Resaltó que su padre es una historia digna de ser contada pero no imitada y que, por un documental sobre él, recibió un reconocimiento en la ONU y un galardón en Japón.

Además, su libro se ha vendido y traducido en varios idiomas y puede viajar por todo el mundo promoviendo su mensaje de paz, menos en Estados Unidos, que lo tiene excluido y le niega visa para entrar a su territorio.

Todo, reveló, porque se negó a mentir para derrocar al presidente Alberto Fujimori de Perú, por pedimento de la CIA.

La CIA quería que asegurara que había escuchado una conversación telefónica de su padre con Fujimori, donde éste le agradecía el millón de dólares que supuestamente había aportado a su campaña.

Y que Vladimiro Montesinos, jefe de inteligencia y seguridad nacional de Fujimori, viajaba a la Hacienda Nápoles para hacer negocios con Pablo Escobar.

A cambio de esos falsos testimonios, Juan Pablo Escobar tendría visa para entrar a Estados Unidos y hasta volverse ciudadano norteamericano.

Sobre si Pablo Escobar hizo negocios con narcos mexicanos, Sebastián Marroquín respondió que únicamente un socio de su padre tuvo algún nexo con Amado Carillo, pero nada que ver directamente con él.

“Si lo hubiera habido lo hubiese revelado, mi padre tenía sus conectes y era mucho más fácil pasar la cocaína directamente desde Medellín a Miami”, manifestó.

También desmintió que Chespirito y el elenco del Chavo del 8 hubieran actuado durante una fiesta que su padre le organizó.

“Es absolutamente falso, tendría las fotos. Carlos Villagrán (Quico) ha contribuido con esa versión, no sé por qué es malagradecido con ese gran elenco de artistas, ¿quién no quisiera tener al Chavo del 8 en una fiesta?”.

Sobre la violencia en México, similar o mayor a la que sufrió Colombia durante la floreciente época del narcotráfico que encabezó su padre, Sebastián Marroquín dijo que es por la política prohibicionista no sólo de México, sino de varios países que por décadas siguen creyendo que prohibiendo las drogas se acabará el problema.

Luego mencionó el caso del surgimiento de Al Capone, Lucky Luciano y otros mafioso en Estados Unidos en los años 30 por la prohibición del alcohol… y ahora todo mundo brinda con una copa y cigarrillo en la mano.

Explicó que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cuatro millones de personas mueren al año por drogas, donde se incluye al alcohol y al tabaco, sin embargo, sólo 200 mil mueren por drogas ilícitas y 3 millones 800 mil por tabaco y alcohol.

Juan Pablo Escobar define a su padre como un hombre al que vio llorar, sufrir y pasarla muy mal, millonario pero entre más dinero tenía más pobre vivía.

“Vivía a veces en casas de tierra, llenas de goteras, sin agua, luz, comida, sin poder bañarse. Muy diferente al mito de series de televisión que han magnificado su imagen de hombre invencible para ganar muchos millones”.

Reprochó que en la serie de “Narcos” de Netflix, a la CIA se le pinte color de rosa, pero olvidaron incluir unos dos capítulos sobre cuánto recibía la CIA “por cada kilogramo de cocaína que permitían descargar a mi padre en el aeropuerto internacional de Miami”.

Así era, resumió Sebastián Marroquín, el hombre, el padre y el amigo “que arrodilló a Colombia por la vía del miedo, el secuestro, la extorsión y la política de plata o plomo”.