A 37 años del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla

Hoy se cumplen 37 años del asesinato de Rodrigo Lara Bonilla. Ese lunes 30 de abril del distópico 1984, antes de salir para su oficina en el ministerio de Justicia, Lara Bonilla recibiría una llamada de alguien identificado como un alto mando militar, quien le informaría al ministro que se estaba fraguando un atentado contra él.


Además, antes de colgar, le aconsejaría que cancelara el viaje a Pereira que tenía programado para esa tarde, viaje que, en efecto, cancelaría. Esa misteriosa llamada determinaría el resto de la jornada de Lara Bonilla, para empezar, estaría inusualmente irascible y nervioso, a tal punto que, según su secretaria, “parecía otra persona”.

Hacia las 4:30 PM, faltándole una cita por atender, como si la psiquis de ese Lara Bonilla que parecía otro lindara con la paranoia, llamaría un par de veces a la recepción para que endurecieran aún más las medidas de seguridad a la entrada del Ministerio. En medio de esa última cita, alrededor de las 6 PM, su esposa pasaría a saludarlo después de una tarde de compras, saludo que quedaría diferido para siempre, pues no quiso interrumpirlo, en su lugar intercambiaría unas cuantas palabras con la secretaria, palabras superficiales tejiendo una premonición de fondo a cumplirse a muy corto plazo, como registraría diez días después la edición 105 de Semana, la que adorna este post, titulada “Rodrigo Lara Bonilla, muerte anunciada”: “Esa noche debía asistir con su esposo a la fiesta de grado de María Bahamón, hija de unos amigos de toda la vida. Como estaba vestida con falda negra y medias negras, comentó jocosamente, pero en forma premonitoria, que parecía una viuda. A esto, la secretaria le respondió que se comprara unas medias rojas, lo cual hizo”.

A las 6:50 PM, Lara Bonilla dejaría el edificio ministerial rumbo a su casa, lo haría en su Mercedes Benz blanco, pilotado por su chofer, Domingo Velásquez. Mercedes Benz que siempre iba escoltado en sándwich, entre dos camionetas Toyota Land Cruiser, la de adelante blanca y la de atrás gris. La blanca era la guía, la que decidía la ruta a seguir entre un pequeño abanico de opciones para llegar a la residencia del ministro, sita en la calle 125 # 43-53: “Unas veces tomaban la carrera séptima, la calle 100, la paralela o ingresaban por el barrio El Batán. Otras, utilizaban la avenida a Suba. También estaban las alternativas de la avenida Pepe Sierra y de la 127”. Esa noche, sin embargo, ya en camino, a una cuadra del ministerio, Lara Bonilla daría un volantazo en pensamiento que se saldría de las rutas preconcebidas: “Le ordenó a su conductor que cambiara la ruta y que tomara la avenida de Circunvalación. Velásquez, siguiendo las claves usuales para variación de ruta, hizo sonar el pito y simultáneamente efectuó un cambio de luces, con lo cual la escolta delantera comprendió que no debía bajar a la carrera séptima, sino subir y tomar la Circunvalar”.

Más adelante, entre dos trancones, uno a la altura de Unicentro y el otro en la calle 127 con la avenida 19, superado el primero, el ministro haría su última llamada: “le preguntó a Oliva, la empleada de la casa, que si su esposa había llegado ya. ‘No, no ha llegado’, respondió ella. ‘Dígale tan pronto llegue que ya voy para allá, aunque hay algunos trancones’, le pidió Lara”.

En el segundo trancón, después de que la Toyota blanca quedara atrapada entre dos carros, el ministro pronunciaría sus últimas palabras, al ordenarle a gritos a su chofer lo siguiente: «Sálgase, sálgase rápido». El chofer, efectivamente, lo haría: el Mercedes Benz seguiría avanzando por la 127 únicamente con la Toyota gris de escolta, dejando atrás el puente de la autopista del norte, rodando en paralelo al caño de Contador. De pronto, el chofer escucharía una explosión: “como una vez que se me rompió el parabrisas”. Entonces aceleraría a tope, mientras el guardaespaldas de Lara Bonilla, que iba de copiloto, disparaba su arma a diestra y siniestra: “El chofer, que no entendía muy bien lo que pasaba, gritó: ‘Virgen Santísima, sálvanos’. Su obsesión era llegar a la casa del Ministro cuanto antes. Por unos segundos, creyó que nada grave había pasado, pero a dos cuadras de la casa, miró por el retrovisor y pudo ver al Ministro tendido hacia la izquierda.

Lara no había emitido ningún sonido y el chofer no vio sangre por ninguna parte. De ahí que, aunque la situación era confusa, el conductor no tenía conciencia de lo que había sucedido. Sólo al llegar a la casa, poco después, todo el impacto de los hechos cayó sobre él, al estar el asiento trasero inundado de sangre”.

¿Qué pasó? Los ojos del escolta que iba en la Land Cruiser gris verían lo siguiente: al pasar por los bajos del puente de la autopista del norte, dos individuos en una Calimatic 175 roja aparecerían de repente, acelerando hasta tener a la mano el Mercedes Benz de Lara Bonilla, a quien el parrillero le descargaría en menos de dos segundos las 25 balas calibre 45 de su metralleta mini Ingram: “De las 25 balas, 7 dieron en el blanco: 3 en el cráneo, una en el cuello, 2 en el pecho y una en el brazo derecho. Ni siquiera el chaleco antibalas que Lara tenía, pero no usaba, lo hubiera salvado”.

Tras los siete balazos certeros, “se inició, en medio del tráfico de la 127, una persecución digna de Hollywood”. Ambos, perseguido y perseguidor, la moto y la camioneta, cruzarían en rojo el semáforo de la avenida a Suba. A las cuatro cuadras, donde nace la avenida Boyacá, la Land Cruiser, con motor envenenado, tendría a la Calimatic a escasos metros. El parrillero, viendo a la Toyota cada vez más grande en los retrovisores de la moto, como último recurso, le quitaría el seguro a una granada, daría media vuelta y la lanzaría contra sus perseguidores: “La puntería le falló pues la granada estalló lejos de la camioneta, pero la contorsión al lanzarla y el hecho de que el pavimento se encontraba mojado, hicieron que los asesinos perdieran el equilibrio y el control del aparato, cayéndose a toda velocidad, cuando intentaban virar hacia las colinas de Suba”.

Iván Darío Guizado Álvarez, el parrillero, moriría instantáneamente de fracturas craneales. El piloto, Byron de Jesús Velásquez Arenas, correría mejor suerte, sufriendo una fractura de brazo cuando la Calimatic se le vino encima, antes de ser capturado por los escoltas. Los dos eran de Medellín: “Por primera vez en la larga historia de los asesinatos de la moto en Colombia los autores habían sido alcanzados después de la emboscada”.

Posdata 1: Dos ediciones después, en la 107 de Semana, titulada “Caso Lara: nuevas pistas”, se diría que un mafioso antioqueño “de peso mediano” habría sido el autor intelectual del asesinato del ministro de Justicia: “En los bajos fondos del hampa de Medellín esta versión es considerada prácticamente definitiva. El móvil del crimen sería el interés que este narcotraficante tenía en que se desatara una guerra contra los grandes capos y en particular contra uno de ellos, con el cual había tenido un grave problema por la propiedad de unas tierras”. Una segunda versión, considerada la más probable por las autoridades, apuntaba a Carlos Lehder como autor intelectual, por el reciente allanamiento a Tranquilandia, aquel gigantesco complejo de 19 laboratorios para el procesamiento de cocaína sito en plena selva del Caquetá.

Posdata 2: Trece ediciones después, en la 120 de Semana, se sumaría un nuevo escenario a la autoría intelectual del asesinato de Lara Bonilla, esto es, que había sido una mafia de narcopilotos del Huila, a la que el ministro, natural de ese departamento, estaba persiguiendo sin tregua. En esa misma edición se trazaba un pequeño perfil del conductor de la Calimatic, Byron de Jesús Velásquez Arenas, cuya foto podrán apreciar en el primer comentario de este post: “Con 16 años cumplidos no revela más de 14, su apariencia no es la de un matón… Encerrado en un pequeño cuarto de 2 metros por 1.50, ubicado en el pabellón de sanidad de La Modelo, combina sus actividades entre hacer ejercicio y leer comics.

Ha cubierto las paredes de su celda con papel periódico para derrotar el frio… Su tema favorito son las motos y al parecer su afición por ellas y la promesa que le hicieran los que lo contrataron, de que le regalarían una Yamaha XT 500, fue la que lo llevó a mezclarse con el asesinato del Ministro”. Byron de Jesús Velásquez Arenas recuperaría la libertad el 28 de marzo de 1995.

Posdata 3: Tras el magnicidio de Lara Bonilla, entre otras cosas, se aprobaría la ley de extradición de colombianos a los Estados Unidos, y, según el DAS, se perfeccionaría el oficio sicarial a través de la fundación de las primeras escuelas de sicarios en Medellín. Además, se crearían dos nuevos grupos de limpieza social en esa necrópolis, el MAM, Muerte a Mafiosos, y el Movimiento Lara Bonilla.
Posdata 4: 30 años después, en el libro Pablo Escobar, mi padre, publicado en 2014, el hijo del capo di tutti capi revelaría los detalles del operativo para asesinar a Lara Bonilla, organizado por su progenitor, en el que, además de la Calimatic, había participado fallidamente una ambulancia convertida en repartidora de flores: “Según me contaron después de muchos años, el plan era que la camioneta debía situarse frente al automóvil del ministro y balearlo a través de unos orificios abiertos en los costados. La moto se haría atrás para repeler a los escoltas. No obstante, el espeso tráfico en la ciudad forzaría un cambio en la maniobra porque de un momento a otro el vehículo con los sicarios quedó atrapado en un trancón y solo la motocicleta se mantuvo detrás del objetivo”. Dos años antes, en 2012, el crimen de Lara Bonilla había sido declarado de lesa humanidad, ya que solo dos de los 16 presuntos implicados en ese magnicidio habían pagado cárcel.
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