Pablo Escobar Tenía astucia y unos huevos de plomo

ElMundo.es / Por EDUARDO SUÁREZ Actualizado: 13/04/2014
‘ Jota Cardona recibe a ‘Crónica’ en un lujoso apartamento de.  Sus documentos lo identifican como Javier C. Ramírez pero aún se presenta como Jota Cardona: … el apodo con el que ganó fama como narcotraficante a principios de los 80 y con el que hizo negocios con capos tan conocidos como Griselda Blanco o Pablo Escobar. Ahora acaba de publicar las memorias El narco rescatado del infierno, cuyo objetivo, según dice, es convencer a los jóvenes hispanos de que no merece la pena adentrarse por el camino que él recorrió.

El narco arrepentido cita a su interlocutor en el vestíbulo de un lujoso rascacielos de Miami y se lo lleva a un apartamento a medio amueblar donde le plancha las camisas su mujer. Ambos son discípulos de una iglesia evangélica y mencionan a menudo su conversión al cristianismo durante la conversación.

Cardona es un hombre menudo con las manos grandes y la tez cetrina. Al principio se antoja difícil imaginárselo como un traficante de cocaína. Pero el escepticismo desaparece en cuanto alza la voz y explica cómo intimidaba a sus clientes y a sus adversarios. «A cualquiera le demostraba que si jugaba conmigo le iba a dar bala», dice mirando fijamente al periodista. «Disparaba al suelo y gritaba: «Si no me haces caso, el próximo balazo va a tu cabeza. Aquí el que manda soy yo»».

Así imponía su ley Jota Cardona, que con 25 años controlaba la mayoría de la cocaína del estado de Connecticut y parte de la que se vendía en la ciudad de Nueva York. Pero asegura que Escobar una vez le reprochó que no se deshiciera de sus adversarios: «Me decía que uno tiene que matar para que le respeten pero yo nunca fui capaz».

Jota Cardona nació en 1958 en uno de los barrios más pobres de la ciudad colombiana de Medellín. Se crió con un padre borracho que lo apaleaba y con una madre que intentó sin éxito mantenerlo alejado de la violencia del lugar donde creció. Con apenas 12 años dejó la escuela y empezó a ganarse la vida limpiando alfombras y vendiendo periódicos. Pero enseguida trabó contacto con los delincuentes del vecindario y ejerció como carcelero de un anciano secuestrado por una banda mafiosa de la ciudad.

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«Me crié en un entorno violento», dice cabizbajo. «En los velatorios ponían una ponchera bajo los cadáveres para recoger la sangre de los ataúdes. Enseguida me di cuenta de que allí no prosperaban las personas honradas sino los delincuentes. Así fue como empecé a trabajar para un cuñado que cobraba por falsificar visados de EEUU. Le decía a mi mamá que un día la llevaría a vivir al mejor barrio de Medellín».

Ni siquiera tenía 17 años cuando le arrestaron los militares creyendo que había participado en un atentado contra un autobús en el que murieron varios policías. «Primero me interrogaron a puñetazos y luego me pusieron unos dedales metálicos con los que me aplicaban descargas eléctricas. Gritaba como una parturienta y culpaba a Dios porque no sabía que todo era parte de un plan divino para mi conversión».

La conversación de Jota Cardona está trufada de referencias bíblicas. Pero su libro es una sucesión de episodios que parecen sacados de un filme pornográfico o de una película de serie B. El narco rescatado del infierno aporta todo tipo de detalles sobre sus conquistas y sobre su promiscuidad. También ofrece una idea de sus escasos escrúpulos durante sus años como narcotraficante y siembra dudas sobre la profundidad de su conversión.

Se inició en el negocio de la cocaína con 18 años al oír a su hermana hablar de un colombiano que se la metía por la nariz. «Se llamaba Guillermo y un día me presenté y le dije que quería vender perico. Enseguida me enseñó a mezclar la coca y a venderla entre mis compañeros de trabajo, que compraban los gramos a crédito y me pagaban los viernes después de cobrar».

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Al principio sus amigos le llamaban Frank y trabajaba pintando piezas para coches. Pero el negocio pronto se disparó y conoció a la célebre narco colombiana Griselda Blanco, con quien compartió proveedores durante unos años y a quien admiraba desde niño por su belleza y poder. «Para sobrevivir en el narcotráfico uno tiene que tener astucia y unos huevos de plomo», dice muy serio antes de recordar su boda con la hija de unos banqueros de Connecticut y su primer arresto en un callejón de Nueva York.

Le aguardaba una condena de siete años por tráfico de drogas. Pero unos meses después se fugó de una cárcel de Indiana con la ayuda de la novia de un recluso bisexual. Jota cuenta cómo se la cameló en las visitas y cómo la convenció de que fuera a esperarle la noche en que se fugó de su celda por un hueco por el que tiraban la basura.

Lo primero que hizo fue volver a Medellín para recomponer su negocio. Allí trabó contacto con Pablo Escobar y se ofreció a vender su mercancía en varias ciudades de EEUU. «Pablo podía ser un ángel o un demonio», asegura Jota. «Podía estar aquí sentado fumando marihuana y con una cerveza mientras ahí al lado sus sicarios le arrancaban los dedos a una persona».

En aquellos años los políticos colombianos miraban para otro lado. «Algunos porque no querían atajar el problema y otros porque recibían sobornos. No te puedo decir el nombre pero llegamos a sobornar a un presidente de la república. Creíamos que vender droga era normal y que si no la vendíamos nosotros la venderían otros. Entonces los mafiosos estaban bien vistos. Hoy no»..

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50 millones en efectivo

Cardona reconstruyó su imperio y llegó a tener 50 millones de dólares en efectivo repartidos en apartamentos de Miami, Los Ángeles y Nueva York. Pero unos años después volvieron a arrestarlo y cumplió 18 años en varias prisiones. En 2005 se decidió a delatar a sus cómplices a cambio de reducir pena y unos años después sufrió una conversión repentina. «Compartí celda con jóvenes que llegaban aquí con maletas llenas de droga y comprendí que estaba metido en un camino de perdición», explica. «Un día desafié a Dios y le dije que me mostrara su poder. De pronto percibí que en mi celda empezó a hacer más frío de lo normal y sentí la presencia de alguien en una silla pero no podía volver la cabeza para mirar».

Al día siguiente escribió una carta a la magistrada que lo había juzgado y solicitó su libertad condicional. Ahora aspira a vender los derechos de sus memorias para rodar una serie y una película. Dice que tiene una oferta del canal HBO y que destinará sus ingresos a una fundación para sacar de la calle a niños colombianos a quienes obligan a hacer felaciones en Medellín. Admite que en su país todavía tiene cuentas pendientes con la Justicia y dice que no tiene empleo. «Vivo con lo mínimo en una casa mucho más modesta que ésta y no tengo miedo de que me maten. No puedo trabajar porque tengo que estar disponible para entrevistas como ésta», asegura a la entrada de este apartamento de lujo. Según dice es de un familiar de su mujer.

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