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La guerra de los carteles

Por Manuel Salazar Salvo
El cartel de Cali era una especie de cooperativa de 12 o más grupos de traficantes. Tenía una jerarquía de mando más firme que la del cartel de Medellín, métodos empresariales más modernos y había evitado enfrentarse violentamente con el Gobierno.

A fines de los años 80, Colombia se convulsionaba en una lucha fratricida. Los carteles de Medellín y de Cali no se daban tregua, sembrando calles y caminos de explosiones y muertos. La policía, el Ejército y varias de las agencias de inteligencia de Estados Unidos redoblaban sus esfuerzos para frenar la violencia y detener el creciente tráfico de drogas hacia las principales capitales del mundo (ver Capítulo IV, «El debut de los colombianos», LND del 15 de abril de 2007).

El 18 de agosto de 1989 fue asesinado el político liberal Luis Carlos Galán, el favorito para ser el próximo Presidente. En los días siguientes se realizaron cientos de allanamientos y se detuvo a diez mil personas, mientras Washington ofrecía enviar tropas, inquieto, además, por el poder de fuego de las guerrillas de izquierda y las bandas de ultraderecha, que empezaban a forjar alianzas con los narcos.

Pablo Escobar Gaviria, el jefe del cartel de Medellín, advirtió que morirían diez jueces por cada colombiano extraditado a Estados Unidos.

A fines de septiembre, el embajador norteamericano agregó leña al fuego al entregar una lista de 12 senadores y diputados vinculados al narcotráfico. El senador Juan Slo declaró: «Todo el que en Colombia haga política, directa o indirectamente está vinculado con el narcotráfico. Todos hemos recibido ayuda de los narcos y todos nos hemos sentado en los clubes al lado de ellos».

El 6 de diciembre, un camión con una tonelada de dinamita explotó en Bogotá, junto al cuartel central de la policía secreta, el Departamento Administrativo de Seguridad. El atentado dejó 40 muertos, más de mil heridos, decenas de automóviles destruidos y un edificio de 12 pisos en ruinas.

Entre 1985 y 1990, en Medellín, una ciudad de 2,2 millones de habitantes, hubo más de 23 mil asesinatos. En 1990 se registraban 20 muertes diarias por armas de fuego, y sólo entre abril y agosto fueron asesinados más de mil jóvenes y 300 policías. El país entraba en una espiral sangrienta que nadie podía detener.

Escobar, en tanto, comenzaba a perder la batalla contra los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, los capos del cartel de Cali, por el control de los mercados internacionales de la cocaína.

La organización caleña había logrado establecer acuerdos con las mafias italianas para abrir rutas de distribución a través de España, Portugal, los Países Bajos, Checoslovaquia y Polonia. La agencia de control de drogas norteamericana, la DEA, calculó que en 1990 ingresaron cerca de 180 toneladas de cocaína a Europa. Y si en 1984 se incautaron 900 kilos de cocaína en todos los países del Viejo Continente, en 1990 la cifra había subido a 17 toneladas.

Los análisis de Interpol explicaban el interés de los colombianos por ingresar a Europa: en 1990, un kilo de cocaína costaba entre 11 mil y 23 mil dólares en Estados Unidos, entre 27 mil y 35 mil en España, y entre 41 mil y 94 mil dólares en Alemania.

La DEA también sabía que los hermanos Rodríguez Orejuela tenían cerca de tres mil funcionarios en todo el mundo, muchos en calidad de «células dormidas».

«Los miembros de una célula no saben lo que hacen los integrantes de otra. Para cada tarea hay designadas distintas personas. El cartel manda a alguien a un lugar del mundo y le encarga abrir un negocio legal. Esa persona se queda allí y espera su misión. Quizá su única labor sea la colaboración positiva. Hemos confiscado libros donde se explica cómo tienen que actuar los residentes. Deben alquilar una casa, levantarse por las mañanas, ir al trabajo, cortar el pasto los sábados, saludar a los vecinos, etc. Llevar una vida lo más normal posible, pero en algún momento su negocio servirá para contrabandear drogas o blanquear dinero. Operan como agentes de un servicio secreto, y a veces pertenecen a la organización durante cinco o diez años antes de entrar por primera vez en acción», explicaba por ese tiempo un agente de la DEA a periodistas alemanes.

El cartel de Cali era una especie de cooperativa de 12 ó más grupos de traficantes. Tenía una jerarquía de mando más firme que la del cartel de Medellín, métodos empresariales más modernos y había evitado enfrentarse violentamente con el Gobierno.

En vez de los pequeños aviones y lanchas que utilizaban los traficantes de Medellín, los de Cali preferían vías más lentas pero más seguras, como los embarques marítimos de café, chocolates, madera y frutas. Las estructuras de distribución y venta estaban rigurosamente controladas para evitar la infiltración de informantes, y los posibles compradores tenían que ser aprobados personalmente, previo depósito de una cuantiosa fianza.

Álvaro Guzmán, un sociólogo de la Universidad del Valle de Cali que seguía de cerca las evoluciones del cartel, definía sus diferencias con el cartel de Medellín: «Uno es el capitalista salvaje representado por Pablo Escobar, que tiene su propio ejército y se cree dueño del país. El otro, el de Cali, es el gerente moderno, que trata de acomodarse con el poder político y que opera dentro del Estado igual como la Mafia en Estados Unidos».

Una fuga y dos versiones

Al promediar 1991, el Presidente colombiano, César Gaviria (1990-1994), declara que la guerra se ganará o perderá en la justicia, y crea un sistema especial de «jueces sin rostro», protegidos de amenazas y sobornos. También ofrece a los narcos rebajar sus penas y les garantiza que no serán extraditados. La condición es que se entreguen, confiesen sus crímenes y devuelvan las ganancias mal habidas.

El 19 de junio de 1991, Pablo Escobar acepta la oferta y se entrega a la justicia con 14 de sus principales lugartenientes, pero pone como condición ser llevado a La Catedral, una prisión que él mismo se había construido en Envigado, su localidad natal.

La opinión pública se divide: unos creen que se ha cedido ante los criminales; otros consideran que es una salida para terminar con tanta violencia. Washington, por su parte, decide aumentar la presión. Una investigación del Senado norteamericano denuncia que en la isla caribeña de Antigua, mercenarios británicos e israelíes han estado entrenando a los «soldados» del cartel de Medellín en tácticas y operaciones terroristas.

Casi un año después, el 22 de julio de 1992, tras pagar 1,5 millones de dólares en sobornos, Escobar y sus hombres se fugan de La Catedral, eludiendo un férreo cerco de policías y militares. En las inmediaciones les esperan más de 70 esbirros, armados incluso con cohetes tierra-aire. En los minutos siguientes se pierden en la selva.

Dos versiones intentan explicar la huida: una señala que fuerzas de elite del Ejército norteamericano intentarían secuestrar a Escobar; la otra apunta a una rebelión del segundo mando que había quedado a cargo del cartel. En cualquier caso, un día después, «Dakota», vocero de Escobar, anuncia en Radio Caracol: «La guerra ahora será a fondo, contra nuestros enemigos de Cali y contra los altos dignatarios del Gobierno».

Cientos de sicarios salieron a las calles en sus motos a cazar policías. Los jefes militares del cartel de Medellín pagaban con gruesos fajos de dólares por cada uniformado muerto. En tanto, Los Pepes (Perseguidos por Escobar), una organización formada por el cartel de Cali, también ofrecía elevadas sumas de dinero por las cabezas de los lugartenientes del capo de Antioquia. Las víctimas se contaron por cientos en el año 1993.

Finalmente, el 2 de diciembre, a los 44 años de edad, Pablo Escobar fue abatido en su refugio, tras ser sorprendido por una unidad militar de elite que seguía sus pasos.

El período más cruento de la guerra de los carteles llegaba a su fin. El de Medellín entraba en una etapa de dispersión. El de Cali, en cambio, aunque algo dañado, mantenía casi intactas sus estructuras. No obstante, en ese momento se inició un proceso de dispersión de las organizaciones criminales colombianas que se agudizaría hasta inicios del siglo XXI. Cuatro nuevos carteles habían ya crecido a la sombra de la lucha entre Escobar y los hermanos Rodríguez Orejuela, los de la Costa, de Bogotá, de Pereira y de Villavicencio.

El diablo pasa la cuenta

El 7 de agosto de 1994 asumió como Presidente de Colombia el liberal Ernesto Samper. Cinco meses después, en enero de 1995, el Mandatario fue acusado de haber financiado su campaña con aportes del cartel de Cali. El escándalo se agravó cuando se supo que el jefe policial a cargo de las fuerzas que perseguían a los Rodríguez Orejuela, el coronel Carlos Velásquez, había sido filmado en un motel en brazos de una supuesta informante, en verdad una infiltrada de la agrupación mafiosa.

En mayo, una denuncia periodística dejó en evidencia que el cartel de Cali pagaba los gastos de decenas de personajes públicos que frecuentaban uno de los hoteles más lujosos de Cali. Parlamentarios, jueces y funcionarios estatales, además de figuras de la televisión y del espectáculo, disfrutaban de fiestas y banquetes a cuenta de los narcotraficantes. En agosto, la corrupción salpicó a quien había sido contendiente de Samper, el conservador Andrés Pastrana Arango, quien sería años después Presidente de la República (1998-2002) y más tarde, a partir de 2005, embajador de Colombia en Washington.

Los esfuerzos de la DEA para acabar con el cartel de Cali tuvieron su recompensa en 1995. El 9 de junio cayó Gilberto Rodríguez Orejuela; el 19 de junio, Henry Loaiza Ceballos; el 24 del mismo mes, Víctor Julio Patiño Fomeque, responsable de los embarques; el 4 de julio, José Santacruz-Londoño, el número tres, y el 6 de agosto, Miguel Rodríguez Orejuela.

Pese a ello, la producción de drogas se mantuvo, sumándose incluso miles de hectáreas dedicadas al cultivo de adormidera para elaborar heroína. Los capos de Cali seguían dirigiendo el tráfico desde prisión.

Y mientras los tentáculos de los carteles seguían extendiéndose hacia todos los continentes, las semillas de corrupción que habían plantado durante años empezaban a florecer en todas las esferas del acontecer local.

En enero de 1996, el ex jefe de campaña y ex ministro de Samper, Fernando Botero, reconoció la relación con el cartel de Cali. Enseguida, los 15 principales gremios empresariales del país pidieron en una declaración pública la renuncia del Mandatario. Se supo entonces que el Jefe de Estado se había reunido cuatro días antes de su elección con emisarios de los Rodríguez Orejuela. La ley colombiana establecía un máximo de cinco millones de dólares para gastar en las campañas presidenciales; Samper había dispuesto de 18 millones.

En mayo, un nuevo escándalo cayó sobre el Gobierno cuando la Fiscalía General de la Nación ordenó el arresto del procurador general, Orlando Vásquez Velásquez, ex ministro del Interior, ex embajador en Chile y ex senador. Vásquez fue acusado recibir dinero y dádivas del narcotráfico. Por el mismo proceso estaban detenidos Botero, siete congresistas liberales y varios otros dirigentes.

Ese mismo mes, el Instituto de Medicina Legal entregó un nuevo balance trágico: en 1995 se habían registrado 39.375 muertes violentas, una cada 20 minutos, 70 al día. De ellas, más de 30 mil correspondían a homicidios.

El 11 de julio, la Casa Blanca decidió cancelar la visa para viajar a Estados Unidos a Samper, «por proteger los intereses de los carteles de la droga». Y cuando el gobernante aún no terminaba de protestar, el 20 de septiembre la policía descubrió tres kilos de heroína ocultos en el avión presidencial, poco antes de que despegara hacia España para una visita oficial.

Armas desde Ecuador

Con 70 mil hectáreas de cultivo, Colombia desplazó a mediados de los ’90 a Bolivia como segundo productor mundial de hojas de coca, y se ubicó detrás de Perú. Esas plantaciones le permitían producir entre 500 y 700 toneladas anuales de cocaína. Los cultivos de amapola, por su parte, ocupaban 20 mil hectáreas, situándose como el primer productor latinoamericano, por encima de México y Guatemala. Los cultivos de cannabis, estancados desde fines de los años 70, repuntaron de manera explosiva.

La detención o rendición de la mayoría de los líderes de los carteles de Medellín y Cali dejó paso a medio centenar de organizaciones de mediana importancia, a las que había que sumar unas dos mil empresas familiares dedicadas al tráfico de estupefacientes.

Al mismo tiempo, las guerrillas, enfrentadas al aislamiento internacional como resultado del derrumbe de los regímenes comunistas y sin posibilidad de alcanzar el poder, optaron por mantenerse mediante los recursos generados por las drogas. Enfrentadas a ellas, los grupos paramilitares de extrema derecha, apoyados a menudo por el Ejército, colaboraban estrechamente con los narcotraficantes.

Lo que en Colombia llaman «paramilitarismo» se organizó de manera muy estructurada en torno a dos familias: los Castaño y los hermanos Carranza. Carlos Castaño era el líder de la Autodefensa de Córdoba y Urabá, aliados del cartel de Cali y con creciente dominio en la zona norte del país luego de los golpes sufridos por la organización de los Rodríguez Orejuela. Su organización asumió la dirección de las principales bandas criminales y la industria del secuestro de Medellín.

Los Carranza, por su parte, propietarios de minas de esmeraldas y de grandes explotaciones ganaderas, pasaron a controlar parte del centro de Colombia.

La unión de estos dos grupos formó un cinturón de control político y administrativo desde la región amazónica, en las fronteras con Venezuela y Brasil, hasta la costa atlántica. Esa situación permitió a los Castaño y a los Carranza apoderarse de unos 3,5 millones de hectáreas, casi un tercio de las mejores tierras agrícolas del país.

Los Castaño planearon entonces construir un proyecto político contrainsurreccional de extrema derecha, para lo cual disponían del apoyo de sectores políticos y empresariales colombianos.

De todas los nuevas organizaciones que irrumpieron en la escena colombiana, la más importante pasaría a ser el cartel del Norte del Valle, asentado en el valle del Cauca, al suroeste del país, y dirigido por los hermanos Orlando y Arcángel Henao, a la cabeza de un temible ejército de pistoleros y que declaró una guerra sin cuartel a los hermanos Rodríguez Orejuela después de que éstos se rindieran.

La entronización de los Henao se vio facilitada por la alianza con el grupo paramilitar dirigido por Carlos Castaño. Su influencia militar, que se extendía ya a todo el noroeste de Colombia, se amplió a gran parte del litoral del Pacífico, de la frontera con Panamá a la de Ecuador. Por lo tanto, las rutas de exportación de cocaína y marihuana hacia Estados Unidos y Europa tuvieron menos obstáculos que franquear. Asimismo, las armas llegaban a los paramilitares y a los narcos por las mismas rutas, especialmente desde Ecuador.

El Gobierno de Samper toleró las actividades de Carlos Castaño y los pistoleros del cartel del Norte del Valle en la medida en que, con el apoyo del Ejército, hacían frente a las guerrillas y, de manera general, a todas las manifestaciones de oposición de izquierda.

Casi sin darse cuenta, los políticos colombianos, cada vez más comprometidos con las organizaciones criminales, sirvieron la mesa a fines del siglo XX para que los paramilitares de derecha y los guerrilleros de izquierda empezaran a controlar la producción de drogas, las rutas y los laboratorios. Los viejos traficantes, en tanto, empezaban a blanquear sus dineros, invirtiendo en los países vecinos, en las costas del Mediterráneo y en las más grandes transnacionales del planeta. LND

Originalmente publicado en21 octubre, 2020 @ 10:46 am

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Un fin de semana con Pablo Escobar

Por Juan José Hoyos

En la mítica hacienda Nápoles, propiedad de Pablo Escobar, se definieron los destinos de muchas personas, y hasta se trazaron planes para cambiar algunas costumbres nacionales. En esta crónica, hasta ahora inédita, Hoyos relata mucho más que un encuentro de buenos amigos.

Era un sábado de enero de 1983 y hacía calor. En el aire se sentía la humedad de la brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de color verde oscuro se movían con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empezó a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una tras otra, se fueron posando sobre las ramas de los árboles como obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos minutos, los árboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos, parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y repentina en aquel paisaje del trópico.

Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves que se recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jamás habían oído hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparición de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desató una dura controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Galán Sarmiento.

—A usted le puede parecer muy fácil —dijo Pablo Escobar, contemplando las aves posadas en silencio sobre las ramas de los árboles. Luego agregó mirando el paisaje, como si fuera el mismo dios—: No se imagina lo verraco que fue subir esos animales todos los días hasta los árboles para que se acostumbraran a dormir así. Necesité más de cien trabajadores para hacer eso… Nos demoramos varias semanas.

Pablo Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación nacional según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco pasado de kilos pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de pelo negro y manos grandes con las que había manejado docenas de autos cuando junto con su primo, Gustavo Gaviria, competía en las carreras del autódromo de Tocancipá y de la Plaza Mayorista de Medellín.

—Todo el mundo piensa que uso camisas de seda extranjeras y zapatos italianos, pero yo sólo me visto con ropa colombiana —dijo mostrando la marca de los zapatos.

Se tomó un trago de soda para la sed porque la tarde seguía muy calurosa y luego agregó:

—Yo no sé qué es lo que tiene la gente conmigo. Esta semana me dijeron que había salido en una revista gringa… Creo que, si no me equivoco, dizque era la revista People… oForbes. Decían que yo era uno de los diez multimillonarios más ricos del mundo. Les ofrecí a todos mis trabajadores y también a mis amigos diez millones de pesos por esa revista y ya han pasado dos semanas y hasta ahora nadie me la ha traído… La gente habla mucha mierda.

Pablo Escobar hablaba con seguridad, pero sin arrogancia. La misma seguridad con la que en compañía de su primo se montó en una motocicleta y se fue a comprar tierras por la carretera entre Medellín y Puerto Triunfo, cuando aún estaba en construcción la autopista MedellínBogotá. Después de comprar la enorme propiedad, situada entre Doradal y Puerto Triunfo, casi a orillas del río Magdalena, empezó a plantar en sus tierras centenares de árboles, construyó decenas de lagos y pobló el valle del río con miles de conejos comprados en las llanuras de Córdoba y traídos hasta la hacienda en helicópteros. Los campesinos, aterrados, dejaron durante un tiempo de venderle tantos conejos porque a un viejo se le ocurrió poner a correr el rumor de que unos médicos antioqueños habían descubierto que la sangre de estos animales curaba el cáncer. Escobar mandó a un piloto por el viejo y lo trajo hasta la hacienda para mostrarle lo que hacía con los animales: soltarlos para que crecieran en libertad. Ahora había conejos hasta en Puerto Boyacá, al otro lado del Magdalena.

Igual que con los conejos, Pablo Escobar consiguió un ejército de trabajadores para plantar palmas y árboles exóticos por el borde de todas las carreteras de la hacienda. Las carreteras daban vueltas, e iban y venían de un lugar a otro de forma caprichosa porque ya Escobar tenía en mente la construcción de un gran zoológico con animales traídos de todo el mundo.

Él mismo, durante muchos meses, dirigió la tarea de poblar su tierra con canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados Unidos, vacas de las tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú. Los animales alcanzaron a ser más de 200. Cuando el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) se los decomisaba, por no tener licencia sanitaria, Escobar enviaba un amigo a los remates. Allí los compraba de nuevo y los llevaba de regreso a la finca en menos de una semana.

Durante varios años, Pablo Escobar dirigió personalmente las tareas de domesticar todas las aves, obligándolas con sus trabajadores a treparse a los árboles por las tardes cuando caía el sol. Cosas parecidas hizo con los demás animales, tratando de cambiar la naturaleza y hasta sus hábitos. Por ejemplo, a un canguro le enseñó a jugar fútbol y mandó a traer desde Miami, en un avión, a un delfín solitario envuelto en bolsas plásticas llenas de agua y amarrado con sábanas para evitar que se hiciera daño tratando de soltarse. Luego, lo liberó en un lago de una hacienda situada entre Nápoles y el Río Claro.
En esa época, Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido elegido para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal que lideraba el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del candidato presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La justicia sólo había proferido contra él una vieja orden de captura que reposaba sin ningún efecto jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí. Por todo esto era fácil obtener una entrevista con él. Escobar se codeaba de tú a tú con todos los políticos de entonces y hasta había sido invitado a España por el presidente electo de ese país, Felipe González. En ese viaje lo acompañaron varios parlamentarios colombianos de los dos partidos. La policía española recibió informaciones de infiltrados en el mundo de la droga según las cuales el principal capo del narcotráfico colombiano se hallaba hospedado en un hotel de Madrid. Por este motivo, fuerzas especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a varios asustados congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado temprano. Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados minuciosamente junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba champaña con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial adonde los había invitado Felipe González.

La entrevista con Pablo Escobar la ordenó Enrique Santos Calderón, columnista del periódico El Tiempo y en esa época director de la edición dominical. La conseguí con la ayuda de un locutor de radio de Medellín que tenía un programa muy popular y que había empezado a trabajar con Escobar como jefe de prensa. El locutor organizó un almuerzo en el hotel Amarú, que entonces era propiedad del primo de Escobar, Gustavo Gaviria. Durante el almuerzo, Pablo Escobar dio unas breves declaraciones desmintiendo al candidato del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, quien lo había expulsado públicamente de las filas del Nuevo Liberalismo durante una manifestación en el Parque de Berrío. En su discurso, Galán acusó públicamente a Escobar de tener nexos con el narcotráfico. Todo esto lo refutó Pablo Escobar ante los periodistas. Luego anunció su candidatura a la Cámara de Representantes por las listas del Movimiento de Renovación Liberal que dirigía el parlamentario Jairo Ortega Ramírez, uno de los lugartenientes más respetados de Santofimio en Antioquia y de López Michelsen en el país. Escobar resultó electo después de una singular campaña en la que sembró árboles por todos los barrios populares de Medellín y construyó e iluminó decenas de canchas polideportivas en los barrios pobres. Además, prometió públicamente a la gente que vivía en los tugurios del basurero de Moravia construir más de 200 casas para que en el futuro pudieran tener una vivienda digna.

Después del almuerzo, Pablo Escobar me hizo saber a través de su jefe de prensa, Alfonso Gómez Barrios, que me esperaba en la hacienda Nápoles, en Puerto Triunfo, durante el próximo fin de semana. Los guardaespaldas de Escobar me llamaron al día siguiente y me propusieron encontrarnos en la población de San Luis, adonde yo tenía que viajar para acompañar al entonces gobernador de Antioquia, Nicanor Restrepo Santamaría, a la inauguración de la escuela Juan José Hoyos, que lleva ese nombre en memoria de mi abuelo, un maestro de escuela del oriente de Antioquia.

—¿Cómo hago para encontrarlos si yo no los conozco? —les pregunté a los guardaespaldas de Escobar.

—Tranquilo que nosotros lo encontramos a usted…

Yo, por supuesto, no estaba tranquilo. Había tenido noticias sobre la amabilidad con que Escobar atendía a los periodistas, pero también sabía que todos sus empleados temblaban de miedo cuando él les daba una orden.

Llegué a San Luis poco después del mediodía del sábado. Mientras el gobernador pronunciaba su discurso inaugurando la escuela me di cuenta, muy asustado, de que mi hijo Juan Sebastián, de apenas dos años de edad, había desaparecido. Abandoné el acto y en uno de los corredores de la escuela encontré a un hombre moreno y de apariencia dura cargando a mi hijo. El hombre me miró con una sonrisa. Tenía cara de asesino. Nadie tuvo que explicarme que era uno de los guardaespaldas de Pablo Escobar.

De inmediato fui a buscar a Martha, mi esposa, y le dije que ya habían llegado por nosotros. En menos de un minuto abordamos mi carro, un pequeño Fiat 147 que los hombres de Escobar miraron con desprecio. Ellos subieron a una camioneta Toyota de cuatro puertas, con excepción del hombre con la cara de asesino. Él nos dijo que quería acompañarnos en mi carro para que no nos fuéramos a embolatar.

Cuando encendí el motor del auto y vi por el espejo retrovisor la camioneta Toyota con esos tres hombres, todos armados, me di cuenta de que estaba temblando. El hombre con cara de asesino trató de serenarme.

—Tranquilo, hermano, que usted va con gente bien…

En seguida abrió un morral que llevaba sobre sus piernas y sacó un teléfono satelital… ¡Un teléfono satelital en esos tiempos en los que en Colombia ni siquiera se conocían los teléfonos celulares!

—Aló, patrón. Aquí vamos con el hombre. Todo ok. Estamos llegando en media hora.

Cuando cruzamos el alto de La Josefina y empezamos a descender hacia el valle del Río Claro me fui tranquilizando poco a poco viendo por el espejo retrovisor cómo mi hijo jugaba con su madre. Sin embargo, para controlar mejor los nervios le propuse al hombre de la cara de asesino que paráramos en algún lado y nos tomáramos una copa de aguardiente.

—Hágale usted tranquilo, hermano, que yo no puedo. Si le huelo a aguardiente al patrón, me manda a matar.

Nos detuvimos un par de minutos en una fonda junto al Río Claro. Yo bajé solo del carro y me tomé dos tragos. Martha, Juan Sebastián y el guardaespaldas me esperaron sin decir ni una palabra. Lo mismo hicieron los guardaespaldas que venían detrás, en la camioneta Toyota.

Llegamos a la hacienda Nápoles cuando ya iban a ser las cuatro de la tarde. La primera cosa que me impresionó fue la avioneta que estaba empotrada en un muro de concreto, en lo alto de la entrada. La gente, que siempre habla, decía que ésa era la avioneta del primer kilo de cocaína que Escobar había logrado meter a los Estados Unidos. Después me impresionaron los árboles alineados en perfecto orden a lado y lado de una carretera pavimentada y sin un solo hueco. Empezamos a ver los hipopótamos, los elefantes, los canguros y los caballos que corrían libres por el campo verde. Mi hijo le dio de comer a una jirafa a través de la ventanilla del auto, con la ayuda del guardaespaldas.

A medida que nos adentrábamos en la hacienda íbamos cruzando puertas custodiadas por guardianes. En cada puerta, el guardaespaldas mostraba una tarjeta escrita de su puño y letra por el patrón. Con la tarjeta, las puertas se abrían de inmediato como obedeciendo a un conjuro mágico. Junto a una de las últimas había un carro viejo montado en un pedestal. Era un Ford o un Dodge de los años treinta y estaba completamente perforado por las balas.
—¿De quién es ese carro? —le pregunté al hombre con cara de asesino.

—Lo compró el patrón…. Era el carro de Bonnie and Clyde.

Después de atravesar la última puerta cruzamos un bosque húmedo lleno de cacatúas negras traídas del África y otros pájaros exóticos cazados en todos los continentes. Al final estaba la entrada a la casa principal de la hacienda. Bajé del carro, otra vez asustado, y alcé a mi hijo en brazos. Martha abrió la maleta del Fiat y bajó el equipaje. Pensábamos quedarnos dos días de acuerdo con la invitación de Escobar.

Lo primero que encontré caminando hacia la casa fue una ametralladora montada sobre un trípode. Me dijeron que era un arma antiaérea. Más adelante había un toro mecánico que un técnico traído desde Bogotá estaba reparando. En la piscina, dos hombres se bañaban. Uno de ellos estaba un poco entrado en años. Por los uniformes y las insignias que habían dejado al borde de la piscina me di cuenta de que eran dos coroneles del ejército.

En ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad fría, pero llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual trabajaba. Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su cuerpo y en su voz aparentaba tener aproximadamente unos 33 años.

Me invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde los coroneles seguían disfrutando de su baño.

Junto a la mesa donde empezamos a hablar había un traganíquel marca Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La que más le gustaba a Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la dedicaba a su esposa, María Victoria Henao. Ella estaba sentada en otra mesa, a dos metros de la nuestra, acompañada sólo por mujeres. Entonces me di cuenta de que todos los hombres y las mujeres estábamos sentados aparte los unos de los otros.

Por los corredores de la casa, un niño de gafas pedaleaba a toda velocidad en su triciclo. Era Juan Pablo, el hijo de Escobar. De vez en cuando, una que otra garza blanca llegaba sin miedo hasta el borde de la piscina a tomar agua con su largo pico. En la mitad de la piscina había una Venus de mármol. En un estadero cubierto que podía verse desde la piscina había 3 o 4 mesas de billar cubiertas con paños verdes. Varios pavos chillaban junto a la puerta del bar donde un mesero joven vestido de blanco preparaba los primeros cocteles de la noche.

Desde donde estábamos también se divisaba un comedor enorme de unos 20 o 25 puestos. Los pájaros saltaban sobre la mesa comiéndose las migajas de pan que la gente había dejado sobre los manteles.

Mirando desde la piscina, las únicas partes visibles de la casa eran el comedor, los corredores y los salones de juego. A un costado del comedor había un gran cuarto de refrigeración donde se guardaban las provisiones para los habitantes de la hacienda. El resto estaba detrás: dos pisos aislados del área social de la piscina, donde se hallaban las habitaciones. El cuarto de Escobar, totalmente separado del resto de la casa, estaba en el segundo piso, en el ala derecha. Los demás cuartos estaban en el ala izquierda. La casa no era excesivamente lujosa. Parecía expresamente construida para las necesidades de Escobar: afuera, alrededor de la piscina, espacios generosos para atender a los invitados. Adentro, silencio e intimidad para su familia y para la gente que quisiera recogerse a descansar.

De pronto se hizo el milagro del que ya hablé: las aves empezaron a subir a los árboles y un resplandor blanco iluminó la casa y sus alrededores.

El primer tema que tratamos esa tarde tenía que ver con política y me reveló de inmediato la agudeza de la mente de Pablo Escobar:

—Ese güevón de Carlos Lehder la está cagando con el tal Movimiento Latino… Cree que se puede hacer política con arrogancia.

Mientras hablábamos, Pablo Escobar no fumaba ni bebía ningún licor. Como yo insistí en que la entrevista no era para hablar de política pasamos a otro tema, el de la hacienda.

—Las haciendas… —me corrigió—. Porque son como cuatro…

De ellas, por supuesto la niña mimada era Nápoles. Allí tenía el zoológico, el ganado, los aviones, el helicóptero y una impresionante colección de carros antiguos que había ido comprando a lo largo de su vida. Cuando visitamos el garaje donde los guardaba vi también varios autos deportivos cubiertos con lonas y unas 50 o 60 motos nuevas. Aproveché el tema de los autos para preguntarle por el carro de Bonnie and Clyde.

—Eso es pura mierda que habla la gente. Ése es un carro viejo que me conseguí en una chatarrería en Medellín. Otros dicen que era de Al Capone…

— ¿Y los tiros?

—Yo mismo se los pegué con una subametralladora.

Cuando cayó la noche, Pablo Escobar me dio un paseo por toda la finca manejando un campero Nissan descubierto. Me dijo que su lugar preferido era un bosque nativo que él no había dejado tocar de ningún trabajador. Me contó cómo había arborizado planta por planta toda la hacienda. Me mostró unas esculturas enormes, de concreto, en las que trabajaba un artista amigo. Pensaban hacer dos enormes dinosaurios cerca de uno de los lagos. Me llevó también al lago de los hipopótamos y me mostró un letrero lleno de humor negro que él mismo había mandado a pintar. Ya no recuerdo la frase pero hablaba de la pasividad y de la peligrosidad de estos animales. También me mostró desde afuera una plaza de toros recién terminada.

Ya muy entrada la noche, Pablo Escobar me invitó a conocer un proyecto hotelero que según él iba a transformar la región de Puerto Triunfo. Era un pequeño pueblo blanco de estilo californiano, situado cerca de la hacienda, junto al poblado de Doradal. Para abandonar la hacienda, Escobar llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió que nos acompañara. Volví a sentir miedo: el elegido había sido el hombre con la cara de asesino.

Llegamos a la aldea de Doradal cuando iban a ser las nueve de la noche. Nos sentamos en el bar y pedimos una botella de aguardiente. El guardaespaldas con la cara de asesino miró a su patrón con asombro. Él nos sirvió el primer trago. En ese momento descubrí que a unos metros había una mesa en la que dos viejos amigos míos conversaban con un par de mujeres hermosas. Uno de ellos me descubrió mirándolas y entonces gritó:

—¿Qué estás haciendo por aquí?
Yo fui a saludarlos. Los dos vivían en Bogotá y por la alegría que reflejaban en sus caras pensé enseguida que andaban volados de sus mujeres. Cuando regresé a la mesa, Pablo Escobar me preguntó quiénes eran mis amigos. Yo le dije:

—Son periodistas.

Él propuso que juntáramos las mesas. Quería hacer política. Tenía que hablar con los periodistas. Entonces empezó una de las conversaciones más memorables que yo he tenido en la vida.

Pablo Escobar habló de su proyecto de erradicar los tugurios del basurero de Moravia, en Medellín, y construir un barrio sencillo, pero decente, para los tugurianos. Después se enfrascó en un montón de recuerdos personales: su paso por el Liceo de la Universidad de Antioquia, donde se robaba las calificaciones de los escritorios de los profesores para que ninguno de sus amigos perdiera la materias. Habló de su primer discurso durante una huelga. Fue en el teatro al aire libre de la Universidad de Antioquia.

El guardaespaldas con la cara de asesino se animó a recordar la misma época, cuando los dos eran estudiantes revolucionarios, antiimperialistas, antigobiernistas… Más adelante Pablo Escobar volvió a hablar de política. Dijo que estaba tratando de conformar un movimiento popular y ecológico que iba a cambiar la forma de hacer las campañas electorales en Antioquia y en el país.

Cuando la botella iba por la mitad yo me atreví a poner sobre el tapete el tema vedado: el asunto de las drogas. Pablo Escobar ni siquiera se inmutó y empezó a contarnos en forma animada cómo hacía su gente para contrabandear cocaína hacia los Estados Unidos de América.

En esa parte de la conversación donde, por supuesto, no hubo grabadoras ni libretas de apuntes, Pablo Escobar se puso a dibujar sobre un papel el radio de acción del radar de un avión Awac de los que empleaba la dea para detectar los vuelos ilegales que entraban a la Florida procedentes de Colombia.

—Las rutas de esos aviones —dijo, refiriéndose a los Awac— también tienen precio… Ya hemos comprado varias. Pero lo mejor es entrar a la Florida un domingo o un día de fiesta, cuando el cielo está repleto de aviones. Así no lo puede detectar a uno ni el hijueputa…

El tema de la conversación nos emocionó a todos. Entonces le dije a Pablo Escobar que yo quería escribir esa historia y también escribir la historia de cómo había empezado el problema del narcotráfico en Colombia.

—Pero hay que escribirla como hacen los periodistas gringos, contando las cosas con pelos y señales —dijo él con tono enérgico—. Porque si usted la va a contar como la cuentan los periodistas colombianos, no vale la pena. Aquí los periodistas no son sino lagartos y lambones. Lo que hace que estoy en el Congreso, los redactores políticos no se me arriman sino a preguntarme pendejadas con una grabadora en la mano y a pedirme plata..

Yo insistí en el tema. Le dije que quería escribir un libro como Honrarás a tu padre, de Gay Talese, un bello reportaje sobre una familia de la mafia italiana en Estados Unidos. Insistí en que quería contar cómo había empezado la historia de la mafia en Medellín.

—Entonces vas a tener que contar la historia de Ramón Cachaco y de todos esos asaltantes de bancos de los años sesenta. Ellos fueron los primeros pistoleros. Muchos de ellos trabajaron para don Alfredo Gómez López, el hombre del Marlboro. A don Alfredo también tenés que entrevistarlo antes de que se te muera. Él vive ahora en Cartagena. Yo te doy una carta de recomendación para él. La mujer de Ramón Cachaco todavía vive en Medellín. Pero para hablar de Ramón Cachaco hay que contar que asaltaba bancos él solo, a punta de pistola, y que siempre usaba vestidos de paño verde y zapatos blancos, y que le gustaba montar en carros Ford y Chrysler de rines cromados.

Cuando evocó al bandido, Escobar recordó un asalto en el que se escapó de la policía armando un bochinche espectacular, tirando billetes a diestra y siniestra por las calles.

A partir de ese momento la conversación se volvió mucho más abierta y más animada y en la medida en que Pablo Escobar veía que no estábamos tomando notas, se sentía cada vez más tranquilo. Por eso contó muchas cosas más que todavía no se pueden publicar en ningún periódico. Mientras tanto, el guardaespaldas con la cara de asesino daba cuenta de la botella de alcohol. Nosotros lo secundábamos a un ritmo un poco más lento. A las dos de la mañana ya todos estábamos borrachos y entusiasmados, pero el más borracho de todos era el guardaespaldas, que se había dormido encima de una mesa. Pablo Escobar y yo lo cogimos de los brazos y lo montamos al carro. Afortunadamente, el hombre era delgado. Escobar encendió el campero y el tipo se derrumbó sobre la banca de atrás.
Cuando íbamos por el camino, Pablo Escobar dijo algo que me dejó helado:

—Escribí el libro. Salite del periódico. Yo te doy una beca.

Llegamos a la hacienda Nápoles casi a las tres de la madrugada. La casa estaba en silencio. Había ranas por todos los rincones. Juan Sebastián, mi hijo, todavía estaba levantado y trataba de capturar una viva. Casi no logro convencerlo de que se fuera a dormir.

Escobar y yo llevamos al guardaespaldas hasta la cama. Antes de cerrar la puerta le quité los zapatos.
Al día siguiente, muy temprano, la casa volvió a animarse. En el aeropuerto de la hacienda se oían aterrizar y despegar los aviones. Por los preparativos en la cocina parecía que los invitados de ese día eran muchos y muy importantes.

Yo me senté junto a la piscina y me puse a mirar cómo el técnico traído de Bogotá acababa de reparar el toro mecánico. Sabía por la esposa de Pablo Escobar que él no se iba a levantar antes de la una o las dos de la tarde.

—Él siempre se acuesta tarde y se levanta tarde.

El primero que llegó a Nápoles ese día fue el senador Alberto Santofimio Botero. Media hora después llegaron en su orden los congresistas Ernesto Lucena Quevedo, Jorge Tadeo Lozano y Jairo Ortega Ramírez. No reconocí a ninguno de los otros, pero había visto sus fotos en la prensa. Todos se sentaron a tomar whisky bajo unos parasoles en los alrededores de la piscina.

Pablo Escobar no salió a recibirlos sino hasta las dos de la tarde. Cuando se acercó a la mesa donde los congresistas conversaban y bebían en forma animada, todos sin excepción se levantaron como si fuera el 20 de julio y el presidente de la república acabara de hacer su entrada al Salón Elíptico del Capitolio Nacional.

Una hora después, una caravana de carros partía de Nápoles hacia una de las fincas de Escobar situada cerca del Río Claro. La casa era una cabaña de troncos construida alrededor de un lago donde el delfín que él había mandado traer desde Miami lloraba y daba vueltas asomándose de vez en cuando a mirar la concurrencia que lo observaba como si fuera un animal del otro mundo.

Después de una corta visita a la finca del delfín, la caravana de carros se dirigió hacia otra finca situada sobre la margen izquierda del Río Claro. Era otra cabaña de madera escondida en medio de un bosque tupido. Los trabajadores de Pablo Escobar iban y venían por la casa y sus alrededores preparando un fogón donde se iba a asar media res para todos los invitados. De pronto, uno de los guardaespaldas de Escobar bajó por el río manejando un extraño bote que parecía un caballo de agua dulce. El aparato tenía casco de acero y estaba impulsado por una hélice de avión Twin Otter instalada en la cola. El aire que desplazaba la hélice impulsaba el bote por el agua, por los pantanos, por la tierra, como si no existiera para él ningún obstáculo que lograra detenerlo.

—Esto es para atravesar los Everglades y todos esos otros putos pantanos de la Florida —me dijo en voz baja uno de los trabajadores de Escobar cuando notó mi curiosidad por el aparato.

Pablo Escobar ordenó que el bote se arrimara a la orilla y se montó en él como un jinete avezado. Uno de sus hombres le cubrió las orejas con unos tapones de corcho para que el ruido del motor de la hélice no lo ensordeciera. Los congresistas fueron invitados a abordar el aparato. Ellos lo hicieron en orden: primero Santofimio, después Lucena y por último Jairo Ortega. Tadeo Lozano se quedó en la orilla. Apenas me vio observándolos desde la orilla, Escobar me hizo señas con la mano para que les tomara una foto. Yo disparé mi cámara, entre sumiso y regocijado. Los congresistas se asustaron cuando vieron la cámara. Pablo Escobar les dio un paseo por el río. Cuando regresaron, llamó aparte a Alberto Santofimio Botero y le dijo:

—Venga, doctor, le presento a un amigo. Él es periodista de El Tiempo.

Santofimio me dio la mano a regañadientes, tragando saliva y sin mirarme a la cara.

—¿Y usted qué está haciendo por aquí, hombre? —me preguntó con un gesto de disgusto.
Yo le contesté:

—Lo mismo que usted, doctor…

A renglón seguido Pablo Escobar tomó en sus brazos a mi hijo Juan Sebastián e insistió en que les tomara una foto. El asado terminó poco después de las cinco de la tarde. Me despedí de Escobar y de su guardaespaldas con cara de asesino y regresé directamente a Medellín sin volver a la hacienda Nápoles, donde los aviones iban a recoger a los congresistas y al resto de los invitados.

Al día siguiente fui a la oficina del periódico y llamé por teléfono a Enrique Santos Calderón.

—¿Cómo le fue? —me preguntó.

—Muy bien —le contesté entusiasmado. En forma breve le conté algunos episodios de la historia. Él se rió cuando escuchó ciertos pasajes . Después me dijo:

—Yo creo que podríamos publicar el reportaje el próximo domingo.

Esa misma tarde la revista Semana empezó a circular con un reportaje sobre Pablo Escobar titulado “Un Robin Hood paisa”. La nota era producto de la ofensiva de relaciones públicas que habían comenzado a desplegar los hombres de Escobar y destacaba las cualidades humanas y filantrópicas del nuevo congresista antioqueño elegido en las listas del Movimiento de Renovación Liberal. El escritor del texto decía, poco más o poco menos, que los pobres de Medellín por fin habían encontrado su redentor.

Al día siguiente toda la prensa del país se fue en contra de Semana. Un día después, en su editorial, Hernando Santos, en el periódico El Tiempo, recriminó a Semana en términos muy duros y dijo que reportajes como ése sólo contribuían a glorificar a los capos del narcotráfico.

Al mediodía recibí una llamada urgente de Enrique Santos Calderón.

—Olvídate del reportaje con Pablo Escobar… ¡Y te pido por favor que jamás le vayas a mencionar este asunto a mi papá!

Mi reportaje nunca fue publicado y quedó convertido en unas cuantas notas apuntadas en una libreta que luego perdí. Las fotos de los congresistas quedaron muy bien. Yo las guardé celosamente durante varios años.

Mientras tanto en el país las cosas de la política se volvieron cada vez más sórdidas debido al dinero que entraba a montones a las arcas de los partidos por cuenta de los traficantes de drogas. Durante el gobierno de Belisario Betancur, la situación se tornó más tensa cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla decidió enfrentarse públicamente con Escobar, luego de ser acusado de recibir dinero de la mafia. Un tiempo después, Lara Bonilla fue asesinado y un juez de la república dictó auto de detención contra Pablo Escobar y otros capos del narcotráfico por su posible participación en el asesinato del ministro.

Desde entonces, Escobar desapareció de la vida pública. Aunque lo intenté varias veces, con la idea de que me contara unas cuantas historias más, no pude volver a verlo. Luego vinieron la pelea con el cartel de Cali, las bombas, los asesinatos de policías y toda esa larga historia de terror que rodeó a Escobar por el resto de su vida, hasta el día en que fue acribillado a balazos por un comando del Cuerpo Élite de la Policía Nacional, el 2 de diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños.

Originalmente publicado en21 octubre, 2020 @ 6:08 am

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Pablo Escobar

Pablo Emilio Escobar Gaviria was born December 1, 1949, in the town of Rionegro, nestled in the northern Andes not far from the city of Medellin in the Colombian province of Antioquia. The son of a peasant farmer and a schoolteacher, there was nothing in Escobar’s background to suggest the meteoric and spectacularly sociopathic trajectory his life would follow. While fairly well-educated, he never had a reputation as a brilliant intellect. Rather, like Al Capone, his main “talent” was an unlimited capacity for violence.

When poverty forced Escobar to drop out of Antioquia’s provincial university in 1966, he started stealing cars and trafficking marijuana, which made him a millionaire at 22. Next he invested his fortune in the nascent cocaine business, monopolizing local coca production by paying peasant farmers twice the going rate and investing in coca cultivation in the remote mountain valleys of Peru and Bolivia, far from weak central governments.

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Coca, bribes, and murder propelled Escobar to the top ranks of the Medellin crime scene. Here he met Jorge Luis Ochoa Vasquez, who’d already set up a small-scale smuggling and distribution operation in south Florida before returning to Colombia to build up his family’s cocaine processing operation in 1977. Now their partnership allowed Escobar to expand into processing and distribution as well.
Coming to America

At this point the Colombians were still locked out of the U.S. cocaine trade by Cuban smugglers who employed “mules” (usually airline passengers or flight attendants) to bring relatively small amounts of the drug into south Florida, where it was sold to mid-level dealers working with the American Mafia.

The Cuban smuggling monopoly was finally cracked by a third Colombian, Carlos Lehder Rivas, working with George Jung, an American drug trafficker. While cellmates in Federal prison in the mid-1970s, Jung and Lehder laid plans to fly cocaine into the U.S. aboard single-prop Cessnas, allowing them to do away with unreliable “mules” and ship much larger amounts of cocaine. In 1977 their first run of 250 kilograms sold for about $15 million, attracting the interest of their suppliers, who were looking to ship more cocaine to the U.S. — a lot more.

Now the last piece fell into place: with Lehder on board, Escobar had the supply, processing, and smuggling capacity to support mass marketing in the U.S. On a typical run Lehder and Jung flew from the Bahamas to Escobar’s ranch in Colombia on Friday, returned to the Bahamas Saturday with 300-500 kilograms of cocaine, then blended into the Sunday rush of planes carrying weekend vacationers back to the U.S.


The profits were astronomical at every step. In 1978 each kilo probably cost Escobar $2,000 but sold to Lehder and Jung for $22,000, clearing Escobar $20,000 per kilo. In the next stage they transported an average of 400 kilos to south Florida (incurring some additional expenses in hush money for local airport authorities) where mid-level dealers paid a wholesale price of $60,000 per kilo; thus in 1978 each 400-kilo load earned Escobar $8 million and Lehder, Ochoa, and Jung $5 million each in profits. Of course the mid-level dealers did just fine: after cutting the drug with baking soda each shipment retailed on the street for $210 million, almost ten times what they paid for it.

Soon Lehder was hiring American pilots to fly a steady stream of cocaine into the U.S., paying them $400,000 per trip. At one trip per week, in 1978 this translated into wholesale revenues of $1.3 billion and profits of $1 billion.
Shopping Spree

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All that money paid for lots of stuff, including Colombian killers who wiped out Cuban gangs in Florida during the “Cocaine Wars” from 1978-1981 (the resulting public outcry produced little action, as local police were deafened by generous bribes). Escobar and Lehder also opened new routes via stopovers in the Caribbean and Central America to meet surging U.S. demand. Foremost was Norman’s Cay, a five-mile-long island in the Bahamas purchased in 1978, with amenities including a hotel, restaurant, 100 houses, and marina, which they further equipped with a 3,300-foot airstrip and refrigerated warehouses.

Caught in the throes of cocaine addiction, Lehder ruled this island paradise as his personal kingdom, throwing wild parties punctuated by bouts of paranoid rage. Like a modern-day pirate chief, he was constantly surrounded by 40 heavily armed German bodyguards whose duties including scaring off yachters who came too close (including an alarmed Walter Cronkite) and ushering Lehder’s guests off the island once he tired of them. Jung was lucky to get off the island alive after Lehder ended their partnership.

But Lehder kept the cocaine moving. When the DEA caught on to the Cessna trick in 1979, the Colombians switched tactics, with low-flying planes parachuting cocaine to speedboats in international waters. The syndicate’s smuggling operation grew to one ton per week in 1979, for annual sales of about $3.5 billion, then two tons per week in 1982, for annual sales of $5-$6 billion.
Cocaine, Inc.


That year Escobar, Ochoa and Lehder jointly funded a 2,000-man paramilitary to guard their shared interests, marking the formal beginning of the Medellin Cartel. Ostensibly a meeting of equals, the Cartel had just one real master — El Patron, “The Boss,” or El Padrino, “The Godfather” — reflecting Escobar’s dominant role in the supply chain as well as his utter ruthlessness. It was a fluid organization composed of at least 17 sub-organizations (including two sub-cartels controlling Cali and Colombia’s north coast), which operated independently, so only the bosses knew what was really going on. A hybrid of a mafia family and a Fortune 500 corporation, its opaque, amorphous structure thwarted investigation, protecting the bosses from prosecution and intimidating outsiders who could only speculate about its true size.

By 1982 Escobar’s personal fortune topped $3 billion, making him the richest man in Colombia, but limitless ambition drove him to ever-bolder schemes. He acquired a fleet of vintage DC-3s, DC-4s and DC-6s to ship larger loads, and the delivery schedule became even more frenetic, prompting Vice President George Bush to complain to the Bahamian Prime Minister that the traffic at Norman’s Cay was “like O’Hare.” He also bought election to Colombia’s Congress and used his diplomatic passport to take a family vacation in the U.S. (including a brazen visit to the White House and a bizarre visit to Graceland to pay homage to his idol Elvis Presley).

In March 1982, the seizure of two tons of cocaine at Miami International Airport shocked U.S. officials, who realized they faced a much larger operation than anything seen before. But they still didn’t know of the Cartel’s existence, and Escobar always stayed a few steps ahead. By the time U.S. scrutiny forced Lehder to leave Norman’s Cay in September 1983, Escobar had already forged a new partnership with Panamanian dictator Manuel Noriega, and the operation didn’t miss a beat. In fact from 1982-1984 shipments jumped from 80 tons to 145 tons, flooding the U.S. market and causing wholesale prices to drop from $60,000 per kilo to $16,000. But cash flow remained absurd, with revenues of $3 billion in 1983 and $2.3 billion in 1984, netting Escobar alone at least $1.3 billion in profit.
Around this time he bought a Learjet to fly cash out of the U.S., and the Cartel’s expenses included $2,500 per month for rubber bands for bricks of cash.

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Escobar employed a team of 10 full-time accountants to keep track of it all, but could also be surprisingly relaxed: he shrugged when $5 million was loaded on the wrong boat — “you win some, you lose some” — and accepted the regular loss of 10% of his income to “spoilage,” as up to $500 million per year was eaten by rats or rotted due to improper storage.

Escobar’s personal fortune was estimated at $7-$10 billion in 1985, of which perhaps $3 billion was in Colombia, with the rest spread out in countless foreign bank accounts and investments, including apartments in Miami, hotels in Venezuela, and up to one million hectares of land in Colombia (about 3,900 square miles, or 1% of the country’s land area).
He Bought a Zoo

He also spent several hundred million dollars on his grand Antioquia residence, Hacienda Napoles. It centered on a Spanish colonial mansion with accommodations for up to 100 guests set on 5,500 acres (8.6 square miles) encompassing six swimming pools, gardens, an orchard containing 100,000 fruit trees, stables for his prize racehorses, fourteen artificial lakes, and a zoological park housing over 2,000 species from around the world including elephants, giraffes, ostriches, kangaroos, camels, lions, tigers, zebras, rhinos, hippos, and a butterfly sanctuary.

For entertainment Escobar built a motor-cart racetrack, a soccer arena, and a 1,000-seat bull ring. Hacienda Napoles had a staff of 700 and was protected by security fences, guard towers, and a mortar emplacement.

By 1985 the Medellin Cartel was at the peak of its power. In just a decade it had conquered America, as the number of people who’d tried cocaine at least once quadrupling to 25 million, while the number of regular users soared from one million to six million. Americans consumed about 150 tons of cocaine in 1985, generating $30 billion of revenues for mid-level dealers and $6 billion for the Cartel. The DEA found full-time dealers in twelve out of fifteen office buildings on Wall Street, and corruption reached everywhere: 10% of Miami’s police were on Escobar’s payroll, as were high-ranking figures in the FBI, DEA, Customs, IRS, INS and CIA.
“Stronger Than the State”


But this paled in comparison to Medellin’s influence in South America, where it employed as many as 750,000 people and controlled 40%-50% of total exports from Colombia, Bolivia and Peru. The largest processing facilities were towns with their own schools and clinics: in March 1984 Colombian police helicopters descended on Tranquilandia, a network of 19 labs spread across 1,200 square miles of jungle southeast of Bogota; accessible only via air, it had eight airstrips, dormitories for hundreds of workers, and its own hydroelectric power supply, road system, and vehicle fleet. In 1985 they destroyed 667 labs and 90 airstrips, but barely dented total production.

Corruption was ubiquitous: in 1985, 400 Colombian judges were on the take, and by 1989 the attorney general was investigating 6,000 cases of corruption in the police and military. As former Colombian President Belisario Betancur put it, “We are up against an organization stronger than the state.” Escobar also courted public opinion by building schools, churches, soccer arenas, and free housing for tens of thousands of poor Colombians.
In 1986 he offered to pay Colombia’s $13 billion foreign debt in exchange for amnesty (the offer was declined).

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Bribery was certainly better than the alternative: Escobar gave the undecided a choice between plata o plomo, “silver or lead,” making it clear he was going to get his way one way or another. Violence was just a cost of doing business, and no one was off limits. A month after the raid on Tranquilandia, Colombia’s Minister of Justice was gunned down; in 1985 a bloody assault on the Palace of Justice killed 11 out of 24 Supreme Court justices along with 84 other people; 1986 brought the murders of another Supreme Court Justice, the head of the country’s anti-narcotics division, and the editor of El Espectador, the leading national newspaper, followed in 1987 by Jaime Pardo Leal, a leftist candidate for president. But all this was just a preamble.

By 1985 the U.S. government could no longer tolerate the Medellin Cartel, which it blamed for introducing cheap, smokeable crack cocaine in 1984 to boost profits. Crack was especially effective at trapping low-income users in addictions they couldn’t afford, forcing them to turn to crime. Escobar also crossed the U.S. by leasing smuggling facilities from Communist regimes in Cuba and Nicaragua (but didn’t win any points for also paying Nicaragua’s pro-U.S. Contras). The last straw was the kidnapping and murder of a DEA agent, Enrique Camerena, in Mexico.

At first the U.S. government’s attempts to undercut Escobar’s cocaine income failed spectacularly. In fact Escobar ramped up, buying thirteen 727 jetliners from a bankrupt Eastern Airlines, each capable of carrying 11 tons of cocaine per trip, and also acquired two remote-controlled miniature submarines from the Russian Navy, each capable of carrying one ton. His chemists also invented new ways to conceal the drug, including liquid cocaine (which could be mixed with other fluids) and a cocaine-based plastic that was molded into plumbing fixtures, toys, and religious statuary.
Total shipments jumped to 360 tons by 1989, when Forbes named Escobar the seventh wealthiest man in the world, with a fortune estimated at $24 billion.

U.S. efforts to get Escobar extradited triggered all-out war between the Cartel and the Colombian government. In 1988-1991 the Cartel murdered Colombia’s attorney general, the provincial governor and police chief of Antioquia, a second candidate for president, Luis Carlos Galan, and a second Minister of Justice. Escobar also ordered the bombings of El Espectador and another leading newspaper, Vanguardia Liberal, killing four; Avianca Flight 203, killing 110 (but not the intended target, Galan’s replacement Cesar Gaviria Trujillo); and secret police headquarters, killing 50 and leveling several city blocks.

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To end the reign of terror, the government agreed not to extradite Escobar if he served five years in a minimum-security prison — although “no-security” might be more accurate, as he was allowed to build his own penitentiary, a luxurious compound nicknamed “Club Medellin” where he continued managing his empire as before. (And just to be safe, he also bribed enough politicians to nullify the extradition treaty with the U.S.)
This Is the End

But in July 1992 he finally went too far, executing four high-ranking traffickers with ties to the increasingly independent Cali Cartel. Public outcry forced the government to act, but Escobar escaped before the army could move him to a real prison. Now Escobar was clearly on the defensive, pursued relentlessly by the Colombian national police and armed forces with assistance from the CIA, the U.S. Army’s “Delta” force, and U.S. Navy Seals. The enraged Cali Cartel also turned on Escobar, cooperating with a vigilante group formed by the relatives of Escobar’s victims called the PEPES (Perseguidos por Pablo Escobar, “Persecuted by Pablo Escobar”) whose sole aim was revenge. In short, the whole world wanted Escobar dead, and it was only a matter of time.

Unhindered by legal niceties, the Cali Cartel and the PEPES attacked Escobar’s family, friends, and finances, killing 300 relatives and business associates. Then on December 2, 1993, Colombian police intercepted a phone conversation between Escobar and his son that pinpointed his location in a Medellin apartment block. Outgunned, Escobar attempted to flee via the rooftops, where he was brought down by a hail of bullets. 44 years old when he died, he was responsible for the murders of at least 40 judges, 200 court officials, 1,000 policemen, and 3,500 civilians; some estimates put the total as high as 60,000.

by Erik Sass – December 2, 2011 – 10:45 AM

Originalmente publicado en20 octubre, 2020 @ 6:34 pm

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Un fin de semana con Pablo Escobar

Era un sábado de enero de 1983 y hacía calor.

En el aire se sentía la humedad de la brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de color verde oscuro se movían con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empezó a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una tras otra, se fueron posando sobre las ramas de los árboles como obedeciendo a un designio desconocido.

En cosa de unos minutos, los árboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos, parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y repentina en aquel paisaje del trópico.

Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves que se recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jamás habían oído hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparición de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desató una dura controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Galán Sarmiento.

—A usted le puede parecer muy fácil —dijo Pablo Escobar, contemplando las aves posadas en silencio sobre las ramas de los árboles. Luego agregó mirando el paisaje, como si fuera el mismo dios—: No se imagina lo verraco que fue subir esos animales todos los días hasta los árboles para que se acostumbraran a dormir así. Necesité más de cien trabajadores para hacer eso… Nos demoramos varias semanas.

Pablo Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación nacional según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco pasado de kilos pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de pelo negro y manos grandes con las que había manejado docenas de autos cuando junto con su primo, Gustavo Gaviria, competía en las carreras del autódromo de Tocancipá y de la Plaza Mayorista de Medellín.

—Todo el mundo piensa que uso camisas de seda extranjeras y zapatos italianos, pero yo sólo me visto con ropa colombiana —dijo mostrando la marca de los zapatos.

Se tomó un trago de soda para la sed porque la tarde seguía muy calurosa y luego agregó:

—Yo no sé qué es lo que tiene la gente conmigo. Esta semana me dijeron que había salido en una revista gringa… Creo que, si no me equivoco, dizque era la revista People… oForbes. Decían que yo era uno de los diez multimillonarios más ricos del mundo. Les ofrecí a todos mis trabajadores y también a mis amigos diez millones de pesos por esa revista y ya han pasado dos semanas y hasta ahora nadie me la ha traído… La gente habla mucha mierda.

Pablo Escobar hablaba con seguridad, pero sin arrogancia. La misma seguridad con la que en compañía de su primo se montó en una motocicleta y se fue a comprar tierras por la carretera entre Medellín y Puerto Triunfo, cuando aún estaba en construcción la autopista MedellínBogotá. Después de comprar la enorme propiedad, situada entre Doradal y Puerto Triunfo, casi a orillas del río Magdalena, empezó a plantar en sus tierras centenares de árboles, construyó decenas de lagos y pobló el valle del río con miles de conejos comprados en las llanuras de Córdoba y traídos hasta la hacienda en helicópteros.

Los campesinos, aterrados, dejaron durante un tiempo de venderle tantos conejos porque a un viejo se le ocurrió poner a correr el rumor de que unos médicos antioqueños habían descubierto que la sangre de estos animales curaba el cáncer. Escobar mandó a un piloto por el viejo y lo trajo hasta la hacienda para mostrarle lo que hacía con los animales: soltarlos para que crecieran en libertad. Ahora había conejos hasta en Puerto Boyacá, al otro lado del Magdalena.

Igual que con los conejos, Pablo Escobar consiguió un ejército de trabajadores para plantar palmas y árboles exóticos por el borde de todas las carreteras de la hacienda. Las carreteras daban vueltas, e iban y venían de un lugar a otro de forma caprichosa porque ya Escobar tenía en mente la construcción de un gran zoológico con animales traídos de todo el mundo.

Él mismo, durante muchos meses, dirigió la tarea de poblar su tierra con canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados Unidos, vacas de las tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú. Los animales alcanzaron a ser más de 200. Cuando el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) se los decomisaba, por no tener licencia sanitaria, Escobar enviaba un amigo a los remates. Allí los compraba de nuevo y los llevaba de regreso a la finca en menos de una semana.

Durante varios años, Pablo Escobar dirigió personalmente las tareas de domesticar todas las aves, obligándolas con sus trabajadores a treparse a los árboles por las tardes cuando caía el sol. Cosas parecidas hizo con los demás animales, tratando de cambiar la naturaleza y hasta sus hábitos. Por ejemplo, a un canguro le enseñó a jugar fútbol y mandó a traer desde Miami, en un avión, a un delfín solitario envuelto en bolsas plásticas llenas de agua y amarrado con sábanas para evitar que se hiciera daño tratando de soltarse. Luego, lo liberó en un lago de una hacienda situada entre Nápoles y el Río Claro.

En esa época, Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido elegido para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal que lideraba el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del candidato presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La justicia sólo había proferido contra él una vieja orden de captura que reposaba sin ningún efecto jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí.

Por todo esto era fácil obtener una entrevista con él. Escobar se codeaba de tú a tú con todos los políticos de entonces y hasta había sido invitado a España por el presidente electo de ese país, Felipe González. En ese viaje lo acompañaron varios parlamentarios colombianos de los dos partidos. La policía española recibió informaciones de infiltrados en el mundo de la droga según las cuales el principal capo del narcotráfico colombiano se hallaba hospedado en un hotel de Madrid.

Por este motivo, fuerzas especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a varios asustados congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado temprano. Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados minuciosamente junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba champaña con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial adonde los había invitado Felipe González.

La entrevista con Pablo Escobar la ordenó Enrique Santos Calderón, columnista del periódico El Tiempo y en esa época director de la edición dominical. La conseguí con la ayuda de un locutor de radio de Medellín que tenía un programa muy popular y que había empezado a trabajar con Escobar como jefe de prensa.

El locutor organizó un almuerzo en el hotel Amarú, que entonces era propiedad del primo de Escobar, Gustavo Gaviria. Durante el almuerzo, Pablo Escobar dio unas breves declaraciones desmintiendo al candidato del Nuevo Liberalismo, Luis Carlos Galán, quien lo había expulsado públicamente de las filas del Nuevo Liberalismo durante una manifestación en el Parque de Berrío. En su discurso, Galán acusó públicamente a Escobar de tener nexos con el narcotráfico. Todo esto lo refutó Pablo Escobar ante los periodistas.

Luego anunció su candidatura a la Cámara de Representantes por las listas del Movimiento de Renovación Liberal que dirigía el parlamentario Jairo Ortega Ramírez, uno de los lugartenientes más respetados de Santofimio en Antioquia y de López Michelsen en el país. Escobar resultó electo después de una singular campaña en la que sembró árboles por todos los barrios populares de Medellín y construyó e iluminó decenas de canchas polideportivas en los barrios pobres. Además, prometió públicamente a la gente que vivía en los tugurios del basurero de Moravia construir más de 200 casas para que en el futuro pudieran tener una vivienda digna.

Después del almuerzo, Pablo Escobar me hizo saber a través de su jefe de prensa, Alfonso Gómez Barrios, que me esperaba en la hacienda Nápoles, en Puerto Triunfo, durante el próximo fin de semana. Los guardaespaldas de Escobar me llamaron al día siguiente y me propusieron encontrarnos en la población de San Luis, adonde yo tenía que viajar para acompañar al entonces gobernador de Antioquia, Nicanor Restrepo Santamaría, a la inauguración de la escuela Juan José Hoyos, que lleva ese nombre en memoria de mi abuelo, un maestro de escuela del oriente de Antioquia.

—¿Cómo hago para encontrarlos si yo no los conozco? —les pregunté a los guardaespaldas de Escobar.

—Tranquilo que nosotros lo encontramos a usted…

Yo, por supuesto, no estaba tranquilo. Había tenido noticias sobre la amabilidad con que Escobar atendía a los periodistas, pero también sabía que todos sus empleados temblaban de miedo cuando él les daba una orden.

Llegué a San Luis poco después del mediodía del sábado. Mientras el gobernador pronunciaba su discurso inaugurando la escuela me di cuenta, muy asustado, de que mi hijo Juan Sebastián, de apenas dos años de edad, había desaparecido. Abandoné el acto y en uno de los corredores de la escuela encontré a un hombre moreno y de apariencia dura cargando a mi hijo. El hombre me miró con una sonrisa. Tenía cara de asesino. Nadie tuvo que explicarme que era uno de los guardaespaldas de Pablo Escobar.

De inmediato fui a buscar a Martha, mi esposa, y le dije que ya habían llegado por nosotros. En menos de un minuto abordamos mi carro, un pequeño Fiat 147 que los hombres de Escobar miraron con desprecio. Ellos subieron a una camioneta Toyota de cuatro puertas, con excepción del hombre con la cara de asesino. Él nos dijo que quería acompañarnos en mi carro para que no nos fuéramos a embolatar.

Cuando encendí el motor del auto y vi por el espejo retrovisor la camioneta Toyota con esos tres hombres, todos armados, me di cuenta de que estaba temblando. El hombre con cara de asesino trató de serenarme.

—Tranquilo, hermano, que usted va con gente bien…

En seguida abrió un morral que llevaba sobre sus piernas y sacó un teléfono satelital… ¡Un teléfono satelital en esos tiempos en los que en Colombia ni siquiera se conocían los teléfonos celulares!

—Aló, patrón. Aquí vamos con el hombre. Todo ok. Estamos llegando en media hora.

Cuando cruzamos el alto de La Josefina y empezamos a descender hacia el valle del Río Claro me fui tranquilizando poco a poco viendo por el espejo retrovisor cómo mi hijo jugaba con su madre. Sin embargo, para controlar mejor los nervios le propuse al hombre de la cara de asesino que paráramos en algún lado y nos tomáramos una copa de aguardiente.

—Hágale usted tranquilo, hermano, que yo no puedo. Si le huelo a aguardiente al patrón, me manda a matar.

Nos detuvimos un par de minutos en una fonda junto al Río Claro. Yo bajé solo del carro y me tomé dos tragos. Martha, Juan Sebastián y el guardaespaldas me esperaron sin decir ni una palabra. Lo mismo hicieron los guardaespaldas que venían detrás, en la camioneta Toyota.

Llegamos a la hacienda Nápoles cuando ya iban a ser las cuatro de la tarde. La primera cosa que me impresionó fue la avioneta que estaba empotrada en un muro de concreto, en lo alto de la entrada. La gente, que siempre habla, decía que ésa era la avioneta del primer kilo de cocaína que Escobar había logrado meter a los Estados Unidos. Después me impresionaron los árboles alineados en perfecto orden a lado y lado de una carretera pavimentada y sin un solo hueco.

Empezamos a ver los hipopótamos, los elefantes, los canguros y los caballos que corrían libres por el campo verde. Mi hijo le dio de comer a una jirafa a través de la ventanilla del auto, con la ayuda del guardaespaldas. A medida que nos adentrábamos en la hacienda íbamos cruzando puertas custodiadas por guardianes. En cada puerta, el guardaespaldas mostraba una tarjeta escrita de su puño y letra por el patrón. Con la tarjeta, las puertas se abrían de inmediato como obedeciendo a un conjuro mágico. Junto a una de las últimas había un carro viejo montado en un pedestal. Era un Ford o un Dodge de los años treinta y estaba completamente perforado por las balas.

—¿De quién es ese carro? —le pregunté al hombre con cara de asesino.

—Lo compró el patrón…. Era el carro de Bonnie and Clyde.

Después de atravesar la última puerta cruzamos un bosque húmedo lleno de cacatúas negras traídas del África y otros pájaros exóticos cazados en todos los continentes. Al final estaba la entrada a la casa principal de la hacienda. Bajé del carro, otra vez asustado, y alcé a mi hijo en brazos. Martha abrió la maleta del Fiat y bajó el equipaje. Pensábamos quedarnos dos días de acuerdo con la invitación de Escobar.

Lo primero que encontré caminando hacia la casa fue una ametralladora montada sobre un trípode. Me dijeron que era un arma antiaérea. Más adelante había un toro mecánico que un técnico traído desde Bogotá estaba reparando. En la piscina, dos hombres se bañaban. Uno de ellos estaba un poco entrado en años. Por los uniformes y las insignias que habían dejado al borde de la piscina me di cuenta de que eran dos coroneles del ejército.

En ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad fría, pero llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual trabajaba. Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su cuerpo y en su voz aparentaba tener aproximadamente unos 33 años.

Me invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde los coroneles seguían disfrutando de su baño.

Junto a la mesa donde empezamos a hablar había un traganíquel marca Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La que más le gustaba a Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la dedicaba a su esposa, María Victoria Henao. Ella estaba sentada en otra mesa, a dos metros de la nuestra, acompañada sólo por mujeres. Entonces me di cuenta de que todos los hombres y las mujeres estábamos sentados aparte los unos de los otros.

Por los corredores de la casa, un niño de gafas pedaleaba a toda velocidad en su triciclo. Era Juan Pablo, el hijo de Escobar. De vez en cuando, una que otra garza blanca llegaba sin miedo hasta el borde de la piscina a tomar agua con su largo pico. En la mitad de la piscina había una Venus de mármol. En un estadero cubierto que podía verse desde la piscina había 3 o 4 mesas de billar cubiertas con paños verdes. Varios pavos chillaban junto a la puerta del bar donde un mesero joven vestido de blanco preparaba los primeros cocteles de la noche.

Desde donde estábamos también se divisaba un comedor enorme de unos 20 o 25 puestos. Los pájaros saltaban sobre la mesa comiéndose las migajas de pan que la gente había dejado sobre los manteles.

Mirando desde la piscina, las únicas partes visibles de la casa eran el comedor, los corredores y los salones de juego. A un costado del comedor había un gran cuarto de refrigeración donde se guardaban las provisiones para los habitantes de la hacienda. El resto estaba detrás: dos pisos aislados del área social de la piscina, donde se hallaban las habitaciones. El cuarto de Escobar, totalmente separado del resto de la casa, estaba en el segundo piso, en el ala derecha.

Los demás cuartos estaban en el ala izquierda. La casa no era excesivamente lujosa. Parecía expresamente construida para las necesidades de Escobar: afuera, alrededor de la piscina, espacios generosos para atender a los invitados. Adentro, silencio e intimidad para su familia y para la gente que quisiera recogerse a descansar.

De pronto se hizo el milagro del que ya hablé: las aves empezaron a subir a los árboles y un resplandor blanco iluminó la casa y sus alrededores.

El primer tema que tratamos esa tarde tenía que ver con política y me reveló de inmediato la agudeza de la mente de Pablo Escobar:

—Ese güevón de Carlos Lehder la está cagando con el tal Movimiento Latino… Cree que se puede hacer política con arrogancia.

Mientras hablábamos, Pablo Escobar no fumaba ni bebía ningún licor. Como yo insistí en que la entrevista no era para hablar de política pasamos a otro tema, el de la hacienda.

—Las haciendas… —me corrigió—. Porque son como cuatro…

De ellas, por supuesto la niña mimada era Nápoles. Allí tenía el zoológico, el ganado, los aviones, el helicóptero y una impresionante colección de carros antiguos que había ido comprando a lo largo de su vida. Cuando visitamos el garaje donde los guardaba vi también varios autos deportivos cubiertos con lonas y unas 50 o 60 motos nuevas. Aproveché el tema de los autos para preguntarle por el carro de Bonnie and Clyde.

—Eso es pura mierda que habla la gente. Ése es un carro viejo que me conseguí en una chatarrería en Medellín. Otros dicen que era de Al Capone…

— ¿Y los tiros?

—Yo mismo se los pegué con una subametralladora.

Cuando cayó la noche, Pablo Escobar me dio un paseo por toda la finca manejando un campero Nissan descubierto. Me dijo que su lugar preferido era un bosque nativo que él no había dejado tocar de ningún trabajador. Me contó cómo había arborizado planta por planta toda la hacienda. Me mostró unas esculturas enormes, de concreto, en las que trabajaba un artista amigo.

Pensaban hacer dos enormes dinosaurios cerca de uno de los lagos. Me llevó también al lago de los hipopótamos y me mostró un letrero lleno de humor negro que él mismo había mandado a pintar. Ya no recuerdo la frase pero hablaba de la pasividad y de la peligrosidad de estos animales. También me mostró desde afuera una plaza de toros recién terminada.

Ya muy entrada la noche, Pablo Escobar me invitó a conocer un proyecto hotelero que según él iba a transformar la región de Puerto Triunfo. Era un pequeño pueblo blanco de estilo californiano, situado cerca de la hacienda, junto al poblado de Doradal. Para abandonar la hacienda, Escobar llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió que nos acompañara. Volví a sentir miedo: el elegido había sido el hombre con la cara de asesino.

Llegamos a la aldea de Doradal cuando iban a ser las nueve de la noche. Nos sentamos en el bar y pedimos una botella de aguardiente. El guardaespaldas con la cara de asesino miró a su patrón con asombro. Él nos sirvió el primer trago. En ese momento descubrí que a unos metros había una mesa en la que dos viejos amigos míos conversaban con un par de mujeres hermosas. Uno de ellos me descubrió mirándolas y entonces gritó:

—¿Qué estás haciendo por aquí?
Yo fui a saludarlos. Los dos vivían en Bogotá y por la alegría que reflejaban en sus caras pensé enseguida que andaban volados de sus mujeres. Cuando regresé a la mesa, Pablo Escobar me preguntó quiénes eran mis amigos. Yo le dije:

—Son periodistas.

Él propuso que juntáramos las mesas. Quería hacer política. Tenía que hablar con los periodistas. Entonces empezó una de las conversaciones más memorables que yo he tenido en la vida.

Pablo Escobar habló de su proyecto de erradicar los tugurios del basurero de Moravia, en Medellín, y construir un barrio sencillo, pero decente, para los tugurianos. Después se enfrascó en un montón de recuerdos personales: su paso por el Liceo de la Universidad de Antioquia, donde se robaba las calificaciones de los escritorios de los profesores para que ninguno de sus amigos perdiera la materias. Habló de su primer discurso durante una huelga. Fue en el teatro al aire libre de la Universidad de Antioquia.

El guardaespaldas con la cara de asesino se animó a recordar la misma época, cuando los dos eran estudiantes revolucionarios, antiimperialistas, antigobiernistas… Más adelante Pablo Escobar volvió a hablar de política. Dijo que estaba tratando de conformar un movimiento popular y ecológico que iba a cambiar la forma de hacer las campañas electorales en Antioquia y en el país.

Cuando la botella iba por la mitad yo me atreví a poner sobre el tapete el tema vedado: el asunto de las drogas. Pablo Escobar ni siquiera se inmutó y empezó a contarnos en forma animada cómo hacía su gente para contrabandear cocaína hacia los Estados Unidos de América.

En esa parte de la conversación donde, por supuesto, no hubo grabadoras ni libretas de apuntes, Pablo Escobar se puso a dibujar sobre un papel el radio de acción del radar de un avión Awac de los que empleaba la dea para detectar los vuelos ilegales que entraban a la Florida procedentes de Colombia.

—Las rutas de esos aviones —dijo, refiriéndose a los Awac— también tienen precio… Ya hemos comprado varias. Pero lo mejor es entrar a la Florida un domingo o un día de fiesta, cuando el cielo está repleto de aviones. Así no lo puede detectar a uno ni el hijueputa…

El tema de la conversación nos emocionó a todos. Entonces le dije a Pablo Escobar que yo quería escribir esa historia y también escribir la historia de cómo había empezado el problema del narcotráfico en Colombia.

—Pero hay que escribirla como hacen los periodistas gringos, contando las cosas con pelos y señales —dijo él con tono enérgico—. Porque si usted la va a contar como la cuentan los periodistas colombianos, no vale la pena. Aquí los periodistas no son sino lagartos y lambones. Lo que hace que estoy en el Congreso, los redactores políticos no se me arriman sino a preguntarme pendejadas con una grabadora en la mano y a pedirme plata..

Yo insistí en el tema. Le dije que quería escribir un libro como Honrarás a tu padre, de Gay Talese, un bello reportaje sobre una familia de la mafia italiana en Estados Unidos. Insistí en que quería contar cómo había empezado la historia de la mafia en Medellín.

—Entonces vas a tener que contar la historia de Ramón Cachaco y de todos esos asaltantes de bancos de los años sesenta. Ellos fueron los primeros pistoleros. Muchos de ellos trabajaron para don Alfredo Gómez López, el hombre del Marlboro. A don Alfredo también tenés que entrevistarlo antes de que se te muera. Él vive ahora en Cartagena. Yo te doy una carta de recomendación para él. La mujer de Ramón Cachaco todavía vive en Medellín. Pero para hablar de Ramón Cachaco hay que contar que asaltaba bancos él solo, a punta de pistola, y que siempre usaba vestidos de paño verde y zapatos blancos, y que le gustaba montar en carros Ford y Chrysler de rines cromados.

Cuando evocó al bandido, Escobar recordó un asalto en el que se escapó de la policía armando un bochinche espectacular, tirando billetes a diestra y siniestra por las calles.

A partir de ese momento la conversación se volvió mucho más abierta y más animada y en la medida en que Pablo Escobar veía que no estábamos tomando notas, se sentía cada vez más tranquilo. Por eso contó muchas cosas más que todavía no se pueden publicar en ningún periódico. Mientras tanto, el guardaespaldas con la cara de asesino daba cuenta de la botella de alcohol. Nosotros lo secundábamos a un ritmo un poco más lento.

A las dos de la mañana ya todos estábamos borrachos y entusiasmados, pero el más borracho de todos era el guardaespaldas, que se había dormido encima de una mesa. Pablo Escobar y yo lo cogimos de los brazos y lo montamos al carro. Afortunadamente, el hombre era delgado. Escobar encendió el campero y el tipo se derrumbó sobre la banca de atrás.
Cuando íbamos por el camino, Pablo Escobar dijo algo que me dejó helado:

—Escribí el libro. Salite del periódico. Yo te doy una beca.

Llegamos a la hacienda Nápoles casi a las tres de la madrugada. La casa estaba en silencio. Había ranas por todos los rincones. Juan Sebastián, mi hijo, todavía estaba levantado y trataba de capturar una viva. Casi no logro convencerlo de que se fuera a dormir.

Escobar y yo llevamos al guardaespaldas hasta la cama. Antes de cerrar la puerta le quité los zapatos.
Al día siguiente, muy temprano, la casa volvió a animarse. En el aeropuerto de la hacienda se oían aterrizar y despegar los aviones. Por los preparativos en la cocina parecía que los invitados de ese día eran muchos y muy importantes.

Yo me senté junto a la piscina y me puse a mirar cómo el técnico traído de Bogotá acababa de reparar el toro mecánico. Sabía por la esposa de Pablo Escobar que él no se iba a levantar antes de la una o las dos de la tarde.

—Él siempre se acuesta tarde y se levanta tarde.

El primero que llegó a Nápoles ese día fue el senador Alberto Santofimio Botero. Media hora después llegaron en su orden los congresistas Ernesto Lucena Quevedo, Jorge Tadeo Lozano y Jairo Ortega Ramírez. No reconocí a ninguno de los otros, pero había visto sus fotos en la prensa. Todos se sentaron a tomar whisky bajo unos parasoles en los alrededores de la piscina.

Pablo Escobar no salió a recibirlos sino hasta las dos de la tarde. Cuando se acercó a la mesa donde los congresistas conversaban y bebían en forma animada, todos sin excepción se levantaron como si fuera el 20 de julio y el presidente de la república acabara de hacer su entrada al Salón Elíptico del Capitolio Nacional.

Una hora después, una caravana de carros partía de Nápoles hacia una de las fincas de Escobar situada cerca del Río Claro. La casa era una cabaña de troncos construida alrededor de un lago donde el delfín que él había mandado traer desde Miami lloraba y daba vueltas asomándose de vez en cuando a mirar la concurrencia que lo observaba como si fuera un animal del otro mundo.

Después de una corta visita a la finca del delfín, la caravana de carros se dirigió hacia otra finca situada sobre la margen izquierda del Río Claro. Era otra cabaña de madera escondida en medio de un bosque tupido. Los trabajadores de Pablo Escobar iban y venían por la casa y sus alrededores preparando un fogón donde se iba a asar media res para todos los invitados.

De pronto, uno de los guardaespaldas de Escobar bajó por el río manejando un extraño bote que parecía un caballo de agua dulce. El aparato tenía casco de acero y estaba impulsado por una hélice de avión Twin Otter instalada en la cola. El aire que desplazaba la hélice impulsaba el bote por el agua, por los pantanos, por la tierra, como si no existiera para él ningún obstáculo que lograra detenerlo.

—Esto es para atravesar los Everglades y todos esos otros putos pantanos de la Florida —me dijo en voz baja uno de los trabajadores de Escobar cuando notó mi curiosidad por el aparato.

Pablo Escobar ordenó que el bote se arrimara a la orilla y se montó en él como un jinete avezado. Uno de sus hombres le cubrió las orejas con unos tapones de corcho para que el ruido del motor de la hélice no lo ensordeciera. Los congresistas fueron invitados a abordar el aparato. Ellos lo hicieron en orden: primero Santofimio, después Lucena y por último Jairo Ortega.

Tadeo Lozano se quedó en la orilla. Apenas me vio observándolos desde la orilla, Escobar me hizo señas con la mano para que les tomara una foto. Yo disparé mi cámara, entre sumiso y regocijado. Los congresistas se asustaron cuando vieron la cámara. Pablo Escobar les dio un paseo por el río. Cuando regresaron, llamó aparte a Alberto Santofimio Botero y le dijo:

—Venga, doctor, le presento a un amigo. Él es periodista de El Tiempo.

Santofimio me dio la mano a regañadientes, tragando saliva y sin mirarme a la cara.

—¿Y usted qué está haciendo por aquí, hombre? —me preguntó con un gesto de disgusto.
Yo le contesté:

—Lo mismo que usted, doctor…

A renglón seguido Pablo Escobar tomó en sus brazos a mi hijo Juan Sebastián e insistió en que les tomara una foto. El asado terminó poco después de las cinco de la tarde. Me despedí de Escobar y de su guardaespaldas con cara de asesino y regresé directamente a Medellín sin volver a la hacienda Nápoles, donde los aviones iban a recoger a los congresistas y al resto de los invitados.

Al día siguiente fui a la oficina del periódico y llamé por teléfono a Enrique Santos Calderón.

—¿Cómo le fue? —me preguntó.

—Muy bien —le contesté entusiasmado. En forma breve le conté algunos episodios de la historia. Él se rió cuando escuchó ciertos pasajes . Después me dijo:

—Yo creo que podríamos publicar el reportaje el próximo domingo.

Esa misma tarde la revista Semana empezó a circular con un reportaje sobre Pablo Escobar titulado “Un Robin Hood paisa”. La nota era producto de la ofensiva de relaciones públicas que habían comenzado a desplegar los hombres de Escobar y destacaba las cualidades humanas y filantrópicas del nuevo congresista antioqueño elegido en las listas del Movimiento de Renovación Liberal. El escritor del texto decía, poco más o poco menos, que los pobres de Medellín por fin habían encontrado su redentor.

Al día siguiente toda la prensa del país se fue en contra de Semana. Un día después, en su editorial, Hernando Santos, en el periódico El Tiempo, recriminó a Semana en términos muy duros y dijo que reportajes como ése sólo contribuían a glorificar a los capos del narcotráfico.

Al mediodía recibí una llamada urgente de Enrique Santos Calderón.

—Olvídate del reportaje con Pablo Escobar… ¡Y te pido por favor que jamás le vayas a mencionar este asunto a mi papá!

Mi reportaje nunca fue publicado y quedó convertido en unas cuantas notas apuntadas en una libreta que luego perdí. Las fotos de los congresistas quedaron muy bien. Yo las guardé celosamente durante varios años.

Mientras tanto en el país las cosas de la política se volvieron cada vez más sórdidas debido al dinero que entraba a montones a las arcas de los partidos por cuenta de los traficantes de drogas. Durante el gobierno de Belisario Betancur, la situación se tornó más tensa cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla decidió enfrentarse públicamente con Escobar, luego de ser acusado de recibir dinero de la mafia. Un tiempo después, Lara Bonilla fue asesinado y un juez de la república dictó auto de detención contra Pablo Escobar y otros capos del narcotráfico por su posible participación en el asesinato del ministro.

Desde entonces, Escobar desapareció de la vida pública. Aunque lo intenté varias veces, con la idea de que me contara unas cuantas historias más, no pude volver a verlo. Luego vinieron la pelea con el cartel de Cali, las bombas, los asesinatos de policías y toda esa larga historia de terror que rodeó a Escobar por el resto de su vida, hasta el día en que fue acribillado a balazos por un comando del Cuerpo Élite de la Policía Nacional, el 2 de diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños.

Esta crónica fue publicada en la edición de febrero-marzo del 2003 de la revista El Malpensante.

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