Turismo teológico

Por: Óscar Domínguez G. PUBLICADO: AUG, 24, 2014 12:01 AM 
La lujosa prisión de Pablo Escobar es un refugio para monjes, turistas y gatos. Por lo pronto, La Catedral es concurrido sitio de encuentro de paseantes de todos los credos y nacionalidades.
En Colombia, ordinariamente, estamos recordando hechos trágicos. Esta semana que ya pasó no fue una excepción: el país evocó el asesinato en plena campaña del aspirante liberal Luis Carlos Galán, ejecutado por orden del jefe del cartel de Medellín, Pablo Escobar. Todo apuntaba a un triunfo contundente del hombre que empezó su travesía política a los 26 años, como ministro de Educación del gobierno conservador de Misael Pastrana Borrero.

Galán era enemigo declarado del narcotráfico y eso selló su suerte. Escobar y su gente asumieron que de ganar la presidencia, su archirrival, autorizaría la extradición a Estados Unidos. Y ordenó su asesinato ocurrido hace 25 años.

Escobar sería abatido años después de fugarse de la Cárcel de la Catedral que visité hace poco. El escenario ha cambiado sustancialmente allí. Un relajante olor a brevo que desplazó el olor a cadáveres chamuscados de enemigos ejecutados en sus instalaciones por orden de Escobar, espera al viajero en la jaula de oro que se hizo construir en un punto estratégico en las lomas del municipio de Envigado, a media hora de Medellín.

Monjes benedictinos han exorcizado el lugar. Música gregoriana proclama que el ahora idílico lugar es un sitio de «paz y bien», como reza la regla de san Benito, fundador.
Imponen la disciplina el padre Gilberto Tamayo, sonriente como el salmo 23, y el hermano Elkin, serio y misterioso como el salmo 91. Como Dios hace las cosas bien, los religiosos, por encargo del alcalde envigadeño Héctor Londoño, se acostaron aliviados un día y despertaron al mando de lo que en algunas partes semeja una abadía.

Allí comparten aire sin usar y menú con una treintena de ancianos radiantes. La única palanca para ingresar es acreditar una profunda pobreza. No les hace falta nada a los ancianitos. Provoca pasar hoja de vida.

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Se puede pernoctar allí. Basta con meterse la mano al dril pues ha sido habilitada como posada, con fantasmas incluidos. El turismo teológico ha remplazado la zozobra que generaban sus ocupantes originales.

Por lo pronto, La Catedral es concurrido sitio de encuentro de paseantes de todos los credos y nacionalidades. Si llega a pie, en carro particular, en bus, o en bicicleta, puede escuchar misa oficiada por el monje Gilberto, un fraile rebelde con y sin causa. Oírlo hablar no da sueño.

El dueto benedictino de Gilberto y Elkin —quien tiene nexos probados con el más allá-, ha colocado altares y arte, mucho arte, donde antes hubo pesadilla. Parte del arte es obra del hermano Elkin; también hay muchas donaciones. Que no falte un observatorio astronómico para desentrañar el infinito.
La antigua cárcel puede operar como centro de Convenciones con helipuerto, y un paisaje que le da razón a un viajero sueco que lo visitó en 1826: en Envigado —y Medellín- ha debido quedar el paraíso terrenal.

Todavía se sienten fuerzas extrañas en la prisión de la que escaparon Escobar y sus cacofónicos muchachos cuando los iban a trasladar para evitar que siguieran delinquiendo. Bastó levantar sin problemas unos ladrillos colocados estratégicamente y hasta luego el amigo.

La finca que fue prisión es una gatópolis pequeña. La habita una veintena de pacíficos gatos de angora, interlocutores del hermano Elkin. Los felinos de pronto se suman al tour que se recorre en el lugar donde la vida ha remplazado a su antípoda, la pelona, uno de los alias de la muerte en estos pagos.

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Originalmente publicado en24 agosto, 2014 @ 11:54 am

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